La madre del millonario cayó de rodillas con el rostro lleno de miedo. “Por favor, basta”, suplicó entre lágrimas. La prometida la miró con desprecio, disfrutando del poder, creyendo que podía quebrarla frente a todos, pero no sabía que cada palabra, cada lágrima estaba siendo escuchada por alguien que no perdona. Y cuando el millonario entró, su mirada hizo temblar las paredes y a su prometida también.

Necesitaba ese pequeño ritual para anclarse, para recordar quién era. Valeria entró en la cocina. segundos después, moviéndose con una arrogancia depredadora, se recargó en el marco de la puerta cruzada de brazos. “Sabe Isabel”, dijo, “su voz era ahora un látigo. He decidido que ya ni siquiera la voy a llamar suegra. Es un título de respeto y cariño, y usted y yo no tenemos ni lo uno ni lo otro. Usted no se ha ganado ese derecho para usted.

Soy la señora de la casa y usted es la invitada permanente. Se acercó a la encimera donde Isabel preparaba su café. Miró la taza despostillada, el frasco de vidrio barato. De verdad que no entiendo cómo Alejandro pudo salir de tanta miseria. Esto toma esta basura. Preguntó señalando el café. Antes de que Isabel pudiera reaccionar, Valeria tomó el frasco de café, lo abrió y con una expresión de profundo asco, vació todo el contenido sobre el suelo de mármol blanco recién pulido.

Los gránulos oscuros se esparcieron como tierra sucia. Esto huele a pobreza, a conformismo, dijo mientras caminaba hacia el bote de basura y dejaba caer el frasco de vidrio vacío que produjo un sonido hueco y triste. Odio el conformismo y odio la suciedad. Isabel la miró horrorizada. Pero, ¿por qué haces eso? Era mi café, era basura, gritó Valeria, su rostro contorsionado por la rabia. Y no quiero basura en mi casa, no la quiero en mis encimeras, no la quiero en mis alacenas y si pudiera no la querría respirando mi aire.

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