La madre del millonario cayó de rodillas con el rostro lleno de miedo. “Por favor, basta”, suplicó entre lágrimas. La prometida la miró con desprecio, disfrutando del poder, creyendo que podía quebrarla frente a todos, pero no sabía que cada palabra, cada lágrima estaba siendo escuchada por alguien que no perdona. Y cuando el millonario entró, su mirada hizo temblar las paredes y a su prometida también.

Tiene prohibido sentarse en los sofás de la sala principal. Son de seda italiana y no quiero que los apeste. Regla número dos, tiene prohibido hablar con mis amistades si vienen de visita. Usted se encerrará en su cuarto y no saldrá hasta que yo se lo indique. Regla número tres. La alberca es para mí y para mis invitados, no para usted. Regla número cuatro y la más importante, tiene prohibido dirigirme la palabra a menos que yo le hable primero.

Su opinión, sus recuerdos y sus historias no le interesan a nadie. Fui lo suficientemente clara o necesita que se lo dibuje con manzanas. Isabel, humillada frente a Lucia, no pudo más que asentir con lágrimas de rabia e impotencia quemándole los ojos. Valeria sonrió satisfecha. Perfecto, me voy de compras. Lucia, asegúrate de que la invitada coma en el cuarto de servicio. Hoy hay lentejas para el personal. Que aproveche. Valera se fue, dejando tras de sí un silencio denso y un desastre en el suelo.

Lucia miró a Isabel, luego al café desparramado. Sin decir una palabra, fue por una escoba y un recogedor y comenzó a limpiar. Sus movimientos eran mecánicos, pero sus ojos estaban llenos de una furia contenida. Cuando terminó, se acercó a la lujosa cafetera de Expreso, la que Valeria le había prohibido a Isabel tocar. preparó un café, el aroma fuerte y delicioso llenando el aire. Se lo sirvió a Isabel en una taza de porcelana fina y se lo entregó.

“Tome, señora”, susurró. “A veces un buen café ayuda a soportar el veneno. Fue un pequeño acto de rebelión, un gesto que le decía a Isabel que aunque estuviera en una jaula de oro, no estaba completamente sola.” Isabel subió las escaleras aferrándose al pasamanos de madera pulida, como si fuera el último salvavidas en un océano embravecido. Sus piernas se sentían débiles, gelatinosas, y cada escalón era un esfuerzo monumental. El asalto la cocina la había vaciado de toda fuerza.

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