Debajo de la foto, un texto. Hola, mamá. Valeria y yo decidimos adelantar la compra de las argollas. ¿No es hermosa? Estamos escogiendo el símbolo de nuestra felicidad eterna. Gracias por apoyarnos siempre y por querer tanto. Vale. Te amamos. El mensaje fue un golpe de mazo directo al corazón. Cada palabra feliz, cada muestra de amor hacia Valeria era una pala de tierra sobre sus esperanzas. Vio la foto, la felicidad radiante e innegable en el rostro de su hijo.
Vio cómo miraba a Valeria. Vio el futuro que él había elegido, un futuro en el que ella, Isabel, era solo una espectadora. Contarle la verdad ahora no sería un acto de salvación, sería un acto de destrucción. Sería como lanzar una bomba en medio de su paraíso. Con un soyo, que se le rompió en la garganta, dejó caer el teléfono sobre la alfombra, se abrazó las rodillas y se dejó vencer por el dolor. No había elección. Su silencio era el precio de la felicidad de su hijo y como siempre lo había hecho, estaba dispuesta a pagarlo sin chistar.
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