No parecía perdida.
Al contrario: caminó hasta el mostrador con la seguridad de quien sabe exactamente dónde está.
— Buenos días. Vine a la entrevista de mi mamá. Ella no pudo venir… así que vine en su lugar.
La recepcionista se quedó helada.
En aquel edificio todo era cristal, mármol, trajes, tacones, gafetes. No había lugar para niños.
— ¿Cómo te llamas, cariño?
— Sofía Martins. Mi mamá es Laura Martins. Ella tenía una entrevista a las nueve para el puesto de analista contable.
El reloj marcaba 8:58 a.m.
El maletín que Sofía llevaba no tenía nada de infantil: estaba lleno de documentos organizados, currículos, certificados… y una carta escrita a mano.
Antes de que la recepcionista pudiera decir algo más, un hombre con un traje impecable se acercó.
Era Eduardo Vasques, director financiero y responsable de la entrevista.
Escuchó el final de la conversación y se detuvo, intrigado.
— ¿Puedo ver el maletín, Sofía?
Ella lo abrió. Eduardo revisó los documentos hasta encontrar la carta. La caligrafía temblorosa cambió de inmediato su expresión.
— La escribió ayer —susurró Sofía—. Dijo que… si algo salía mal, yo debía entregarla.
Eduardo se agachó para quedar a la altura de la niña.
— Sofía… ¿dónde está tu mamá ahora?
La niña se mordió el labio, haciendo fuerza para no llorar.
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