Laura despertó horas después de la cirugía. Al ver a Sofía y a Eduardo junto a la cama, lloró —de susto, de alivio y de gratitud.
Cuando supo que había sido contratada, se cubrió el rostro con las manos.
— Pero… ¿por qué?
Eduardo sonrió.
— Porque las habilidades se pueden aprender. El carácter, no. Y tu hija acaba de mostrarle al mundo quién eres.
Y así, en un día que tenía todo para salir mal, una niña del vestido amarillo transformó un momento de desesperación en la puerta hacia una nueva vida.
Fin.