ADVERTISEMENT

La niña vació todos sus ahorros para comprar a un perro herido de gravedad, vendido tan barato que ni regalado alguien se fijó en él, sin saber que había una persona que lo había buscado durante años.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT

El remate ganadero de San Juan del Río, Querétaro, era un torbellino de sonidos y polvo. Las botas golpeaban la madera vieja, los sombreros se movían al ritmo de las negociaciones, las voces se cruzaban con risas ásperas y el aire olía a heno seco, sudor y café recién colado. Había becerros inquietos, gallinas en jaulas, sillas de montar gastadas… y, al fondo del corral techado, una jaula oxidada que casi nadie volteaba a ver.

Ahí estaba el perro.

Un pastor alemán grande, ya viejo, con el lomo vencido como si cargara años que no le pertenecían. Una de sus patas traseras estaba envuelta en un trapo sucio, el hocico reseco, el pelaje endurecido por sangre seca y tierra. No ladraba. No gruñía. Apenas respiraba, con la cabeza baja, como si ya hubiera aceptado su destino.

El subastador, un hombre robusto con sombrero ancho y micrófono colgado del cuello, señaló la jaula sin interés.

—¡Último lote! Perro guardián… si alguien lo quiere. Empezamos en quinientos pesos.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT