Silencio.
Nadie levantó la mano.
El hombre carraspeó y bajó la cifra.
—¿Trescientos?
Nada.
—¿Cien?
Al fondo alguien soltó una risa burlona.
—Ese ya está pa’l otro lado —murmuró un hombre—. Ni pa’ cuidar sirve.
Otro evitó mirar al animal, como si observarlo fuera aceptar una culpa.
El subastador suspiró, fastidiado.
—¿Un peso? ¿Un peso por el perro?
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Desde detrás de las piernas de los adultos apareció una niña.
Tendría seis o siete años. Llevaba una sudadera morada, tan brillante que parecía una llama encendida entre tantos tonos cafés y grises. En su mano pequeña sostenía una moneda de un peso, arrugada de tanto guardarla. La había juntado durante semanas para comprarse una paleta de hielo o una burbuja de jabón.
La niña levantó la barbilla con decisión.
—Yo… yo doy un peso —dijo con voz bajita, pero firme.
El corral entero quedó en silencio. Hasta el viento pareció detenerse.
El subastador parpadeó, incrédulo.
—¿Cómo dices, chiquita?
La niña apretó la moneda con fuerza.
—Quiero que viva.
A su lado, su papá, Ramón Salgado, abrió los ojos sorprendido. Él había ido al remate para enseñarle animales y comprarle una nieve. No para llevarse a casa un perro herido y desconocido.
—Luz… corazón —susurró inclinándose—. Está viejo, está lastimado… y puede ser peligroso.
Pero Luz no lo escuchó. Miraba la jaula como si dentro hubiera algo que nadie más quería cargar. El perro levantó apenas los ojos: dos manchas oscuras, cansadas, donde ya no quedaba esperanza… solo resignación.
—¡Nadie más ofrece nada! —anunció el subastador—. ¡Vendido! Por un peso.
Algunos aplaudieron en burla. Otros bajaron la mirada, incómodos.
Luz caminó hacia la jaula con pasos cortos, como quien se acerca a algo frágil. Se agachó y metió los dedos entre los barrotes.
—Hola —susurró—. Ya no estás solo. Yo estoy aquí.
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