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La niña vació todos sus ahorros para comprar a un perro herido de gravedad, vendido tan barato que ni regalado alguien se fijó en él, sin saber que había una persona que lo había buscado durante años.

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Ramón respiró hondo antes de responder.

—Si fue su compañero… quizá sí —dijo—. Y tal vez… sea lo correcto.

Luz levantó la vista. Sus ojos brillaban, pero no por tristeza.

—Solo quiero que sea feliz —respondió.

El día del encuentro, el cielo amaneció gris, pesado, como si también estuviera esperando.
Un coche se detuvo frente a la clínica. De él bajó un hombre con el rostro marcado por los años y una pierna que cojeaba apoyada en un bastón.

En cuanto la puerta se abrió, el perro levantó la cabeza.
Las orejas se irguieron.
El cuerpo, aún débil, se tensó.

Y entonces… corrió.

—¡Sargento! —gritó el hombre.

El bastón cayó al suelo. Andrés cayó de rodillas. El perro se lanzó a sus brazos como si el tiempo no hubiera pasado, como si nunca se hubieran separado. No hubo palabras suficientes para describir ese abrazo.

Nadie pudo contener las lágrimas.

—A veces —dijo Andrés, mirando a Luz con la voz quebrada—, un peso vale una vida entera.

Desde ese día, el perro tuvo dos hogares:
uno donde aprendió a salvar vidas…
y otro donde aprendió a volver a vivir.

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