—“Emergencias, ¿cuál es su situación?”
Al otro lado, una voz infantil, rota por sollozos incontrolables, apenas lograba articular palabras.
—“El… el animal de papá… es muy grande… me duele mucho…”
El corazón de Laura se detuvo un segundo. Su mente entrenada intentó procesar la frase de forma literal: ¿una mascota exótica?, ¿una serpiente? Pero el tono, los silencios, el terror crudo escondido entre cada respiración, activaron todas las alarmas.
—“Cariño, escúchame con atención. ¿Estás sola ahora mismo?”
Se oyeron pasos pesados, una puerta golpeando contra la pared, y una voz masculina apagada en el fondo. La niña susurró:
—“Vuelve… por favor, que vengan ya… no puedo esconderme más…”
Laura no dudó. Localizó la dirección: Calle Robles 817, Alcalá del Río. Envió patrullas sin protocolo adicional. Cada segundo podía costar una vida.
Los primeros en llegar fueron el agente Marcos Vidal y la oficial Elena Cruz. La casa era impecable: jardín cuidado, luces cálidas, una bicicleta infantil apoyada contra la pared. Demasiado perfecta.
Un hombre abrió la puerta. Javier Ortega, 45 años. Sonrió con nerviosismo.
—“¿Pasa algo, agentes?”
ver continúa en la página siguiente
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.