Paola tenía treinta años, era bonita, arreglada, y siempre sonreía cuando había visitas. En la calle, todos decían que era una buena nuera, moderna, trabajadora. Pero dentro de la casa, Paola era otra persona.
—Muévase, estorba —le decía a doña Carmen cuando pasaba lento por el pasillo.
—No toque eso, es mío.
—Usted ya no entiende nada, mejor quédese en su cuarto.
El cuarto de doña Carmen era un espacio pequeño al fondo, sin televisión, sin ventilación adecuada. Paola le había quitado el comedor “porque ya no lo usaba” y le prohibió cocinar.
—La cocina se ensucia —decía—. Yo le llevo comida cuando pueda.
A veces podía.
A veces no.
Doña Carmen empezó a adelgazar. Sus manos temblaban. Pasaba horas sentada en la cama, mirando una foto vieja de su esposo y su hijo cuando era niño.
Andrés no veía nada.
Salía temprano a trabajar y regresaba tarde. Paola se encargaba de contarle “su versión”.
—Tu mamá es muy difícil —le decía—. Se inventa cosas.
—Ya está grande, amor, hay que tenerle paciencia.
Y Andrés asentía, cansado, creyendo que el problema era la edad.
Lo que no sabía era que Paola revisaba el celular de doña Carmen, le escondía los medicamentos y la amenazaba en voz baja:
—Si hablas, te vas a un asilo. Y ahí sí nadie te va a visitar.
Doña Carmen aguantó.
Aguantó humillaciones.
Aguantó hambre.
Aguantó miedo.
Hasta que una tarde, se cayó en el baño y no pudo levantarse.
Pasaron horas.
Paola estaba en la sala, viendo el celular, ignorando los golpes débiles en la puerta.
—Ay, qué exagerada —murmuró.
Fue la vecina, doña Lupita, quien escuchó los quejidos a través de la pared y llamó a una ambulancia.
En el hospital, un médico miró a doña Carmen con seriedad.
—¿Quién la cuida en casa? —preguntó.
Doña Carmen dudó.
Luego bajó la mirada.
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