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La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

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Nunca jamás le interrumpas cuando está en una llamada importante. Sofía asintió memorizando cada instrucción. ¿Cuándo lo conoceré? Ahora mismo te está esperando para darte tus primeras instrucciones. Carmen bajó la voz. No te asustes si parece frío. Así es con todos. El despacho del licenciado Fernando Arteaga era exactamente lo que Sofía esperaba. Elegante, sobrio e intimidante. Grandes ventanales ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Libreros de madera oscura cubrían dos paredes enteras y un escritorio imponente presidía la habitación detrás del escritorio.

Un hombre de 53 años firmaba documentos sin levantar la mirada. Su cabello entreco, perfectamente peinado, y su traje hecho a medida gritaban poder y dinero. Cuando finalmente alzó los ojos, Sofía sintió un escalofrío inexplicable. Eran ojos grises, penetrantes y curiosamente tristes. “Señorita Méndez”, dijo con voz grave, “siéntese, por favor. ” Sofía obedeció notando que el licenciado apenas la miraba directamente. Su currículum es modesto, pero las referencias de la universidad son excelentes. Espero que demuestre la misma dedicación aquí.

No le fallaré, licenciado. Fernando comenzó a explicarle sus responsabilidades, pero Sofía apenas podía concentrarse. Sus ojos habían captado algo sobre el escritorio que le robó el aliento. En un elegante marco de plata descansaba una fotografía descolorida por el tiempo. Una niña de unos 4 años con vestido blanco sosteniendo un girasol. Era ella. El mundo pareció detenerse. El mismo vestido blanco con encaje que su madre guardaba en una caja. El mismo girasol que había recogido aquel día en el parque.

La misma foto que su madre atesoraba, idéntica. Hasta la pequeña mancha en la esquina. ¿Está escuchando, señorita Méndez? La voz del licenciado la devolvió bruscamente a la realidad. Sofía sintió que le faltaba el aire. Sus piernas temblaban bajo el escritorio. “Disculpe, yo”, balbuceó, incapaz de apartar la mirada de la fotografía. Fernando siguió su mirada y, al darse cuenta de lo que observaba, su rostro se endureció. Una sombra de dolor cruzó sus ojos. “¿Se siente bien? ¿Está pálida?” Sofía señaló la fotografía con dedos temblorosos.

Esa foto, ¿puedo preguntar quién es? El licenciado Arteaga guardó silencio unos segundos. Cuando habló, su voz sonaba diferente, casi quebrada. Es una fotografía personal, no tiene importancia, pero la tenía y ambos parecían saberlo. “¿Puede retirarse. Carmen le explicará el resto de sus funciones”, dijo Fernando dando por terminada la reunión. Sofía pasó el resto del día en piloto automático. Carmen le mostró el sistema de archivo, le explicó los horarios. y le presentó al personal clave, pero su mente seguía en aquella fotografía.

¿Cómo era posible? ¿Qué hacía su foto en el despacho del hombre más poderoso de la firma? Al salir del edificio, ya anochecía. Tomó el metro repleto de gente, luego un pesero que la dejó a tres cuadras de su casa en un barrio modesto al sur de la ciudad. Durante todo el trayecto, la imagen del marco de plata no abandonó su mente. Su casa era pequeña, pero acogedora. Sofía giró la llave con cuidado para no despertar a su madre si estaba descansando, pero la encontró en la cocina preparándote.

¿Cómo te fue, mi hijita? Preguntó Isabel, de 51 años, con una sonrisa que iluminaba su rostro cansado por la enfermedad. Bien, creo respondió Sofía dejando su bolso sobre la mesa. Isabel la miró detenidamente. Conocía cada gesto de su hija. ¿Qué pasó? Te noto rara. Sofía se sentó aceptando la taza de té que su madre le ofrecía. El licenciado Arteaga tiene una foto mía en su escritorio. La taza que Isabel sostenía se estrelló contra el suelo, rompiéndose en pedazos.

¿Qué dices? Susurró Isabel con el rostro repentinamente blanco como el papel. La foto del girasol, mamá, la que tienes guardada en tu caja, es exactamente la misma. Isabel se apoyó en la mesa como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Sus ojos, tan parecidos a los de su hija, se llenaron de lágrimas. No es posible, murmuró. No puede ser él. ¿Conoces al licenciado Arteaga?, preguntó Sofía, cada vez más confundida. Mamá. Isabel no respondió. Se levantó lentamente y caminó hasta su habitación.

Sofía la siguió observando como su madre sacaba una pequeña caja de metal de debajo de la cama con manos temblorosas. Isabel introdujo una llave diminuta en la cerradura y levantó la tapa. Dentro estaban los tesoros más preciados de su madre, cartas amarillentas, un mechón de cabello infantil, un anillo barato de plata y la fotografía, exactamente igual a la que descansaba en el despacho de Fernando Arteaga. Isabel tomó la foto entre sus dedos y la miró como si contuviera todos los secretos del universo.

“Hay algo que nunca te he contado sobre tu padre, Sofía”, dijo finalmente con voz quebrada por 26 años de silencio. “Es hora de que sepas la verdad. La noche caía sobre Ciudad de México y en una pequeña casa del sur, un secreto guardado durante décadas estaba a punto de salir a la luz, cambiando para siempre la vida de todos los involucrados. Sofía se sentó en el borde de la cama. Observando a su madre, que sostenía la fotografía con manos temblorosas.

Nunca la había visto así, tan frágil y asustada. Mi padre Sofía apenas podía pronunciar la palabra. Siempre me dijiste que murió antes de que yo naciera. Isabel negó con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas durante 26 años. Era más fácil decir eso que explicarte la verdad, confesó en voz baja. Tu padre no murió. Sofía. Tu padre. Tu padre es Fernando Arteaga. El silencio que siguió fue tan denso que parecía un ser vivo en la habitación.

Sofía se levantó de golpe, como si la cama quemara. El licenciado Arteaga, “Mi jefe, no puede ser”, exclamó con incredulidad. “¿Cómo es posible? ¿Por qué nunca me lo dijiste?” Porque Fernando Arteaga me lo quitó todo, menos a ti”, respondió Isabel con una amargura que Sofía jamás había escuchado en su voz y temía que si lo buscabas también te perdería a ti. Isabel respiró hondo y comenzó a relatarle una historia que había mantenido enterrada durante más de dos décadas.

Yo tenía 24 años y trabajaba como empleada doméstica en la mansión de los Arteaga. En las lomas, Fernando acababa de casarse con Verónica Montero, hija de una familia adinerada, un matrimonio arreglado. Por conveniencia, él estaba construyendo su carrera como abogado y necesitaba los contactos de la familia Montero. Isabel se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. Su matrimonio era una farsa. Verónica lo sabía, Fernando lo sabía, todos lo sabían.

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