Continuó. Ella tenía sus amantes y él me encontró a mí. Al principio solo intercambiábamos miradas, luego palabras, después te enamoraste de él, concluyó Sofía. Y él de mí, o eso creí casi un año. Vivimos en una burbuja. Me regalaba libros, me enseñaba cosas. Hablábamos durante horas. Me hacía sentir que yo importaba, que no era solo la muchacha que limpiaba su casa. Isabel volvió a sentarse, esta vez sacando más cartas de la caja metálica. Cuando quedé embarazada, todo cambió.
Al principio, Fernando parecía feliz. Hablaba de divorciarse, de comenzar una nueva vida juntos. Hasta me llevó a tomar esa fotografía, la del girasol. Fue el día que me prometió que seríamos una familia. La voz de Isabel se quebró. ¿Qué pasó después? Preguntó Sofía sintiendo un nudo en la garganta. Verónica descubrió lo nuestro. No le importaba que Fernando tuviera una amante. Lo que no podía tolerar era el escándalo, que la gente supiera que su marido prefería a la sirvienta y menos aún que esa sirvienta estuviera esperando un hijo suyo.
Isabel sacó un pañuelo y se secó las lágrimas que comenzaban a correr por sus mejillas. Esa mujer me enfrentó una tarde. Me dijo que si no desaparecía, se encargaría de que Fernando perdiera todo, su carrera, su reputación, todo por lo que había trabajado. Y luego fue con él y le dio el mismo ultimátum. Y él eligió su carrera en lugar de nosotras. La voz de Sofía temblaba de indignación. Isabel asintió lentamente. Fernando vino a verme esa noche.
Parecía destrozado, pero su decisión estaba tomada. me entregó dinero suficiente para comenzar en otro lado. Me dijo que lo sentía, que no podía arriesgar todo por lo que había luchado. “Qué cobarde”, estalló Sofía, sintiendo que la rabia le quemaba el pecho. “Nos abandonó. Yo tampoco fui valiente”, confesó Isabel. Acepté el dinero y me fui sin luchar. Estaba asustada, embarazada y sola. No sabía qué más hacer. Isabel sacó una carta de un sobre amarillento. Después de que naciste, le escribí, le envié tu fotografía, la misma que tiene en su despacho.
Le supliqué que al menos te conociera, que fuera parte de tu vida de alguna manera. ¿Y qué respondió? Nunca recibí respuesta. Le escribí varias veces más durante los primeros años, cartas que jamás fueron contestadas. Con el tiempo dejé de intentarlo. Decidí que era mejor decirte que tu padre había muerto. Sofía se dejó caer en una silla, abrumada por las revelaciones. Toda su vida había sido una mentira. Su padre no solo estaba vivo, sino que ahora era su jefe, un hombre que las había abandonado por dinero y poder.
“No puedo creerlo”, murmuró. “Todo este tiempo y ahora trabajo para él. ¿Sabes lo que significa? Mi padre me vio hoy y ni siquiera me reconoció. Han pasado 26 años. Mi hijita, eras una bebé la última vez que te vio”, dijo Isabel suavemente. Addemás lleva un apellido diferente. No hay forma de que supiera quién eres, pero tiene mi foto, insistió Sofía. La conservó todos estos años. Una chispa de esperanza encendió los ojos de Isabel. De verdad, después de tanto tiempo, Sofía asintió recordando la expresión del licenciado Arteaga cuando ella señaló la fotografía.
Aquella mirada de dolor. Ahora todo tenía sentido. ¿Qué debo hacer ahora, mamá?, preguntó sintiéndose repentinamente como una niña perdida. Isabel le tomó las manos. Eso depende de ti, mi amor. Puedes renunciar mañana mismo y olvidar todo esto o o qué. O puedes quedarte y descubrir quién es realmente Fernando Arteaga. Sofía se levantó y caminó por la pequeña habitación pensando. El resentimiento y la curiosidad se mezclaban en su interior. “Voy a quedarme”, decidió finalmente. “Necesitamos el dinero para tus medicinas y quiero saber más de él.
Quiero entender por qué conservó esa foto todos estos años. Si fue capaz de abandonarnos. Sofía, no busques venganza”, advirtió Isabel. Conociendo demasiado bien la naturaleza apasionada de su hija. El rencor envenena a quien lo lleva dentro. No es venganza, mamá, es justicia. Merezco saber la verdad completa. Esa noche Sofía no pudo dormir. Las revelaciones daban vueltas en su cabeza como un torbellino. ¿Qué clase de hombre era realmente Fernando Arteaga? ¿Por qué había conservado su fotografía si las había abandonado con tanta facilidad?
sabría Verónica que ella estaba trabajando ahora en la firma. Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en una lujosa mansión de las lomas, Verónica Arteaga miraba pensativa por la ventana de su habitación. El chóer acababa de llevar a Fernando a casa después de un día largo en la oficina y algo en la conversación casual con el hombre había despertado su curiosidad. La nueva secretaria del licenciado es muy guapa”, había comentado el chóer. “Dicen que el licenciado se quedó como piedra cuando la vio.
Verónica dio un sorbo a su copa de vino después de 30 años de matrimonio. Conocía cada gesto, cada expresión de Fernando y sabía perfectamente cuando algo lo perturbaba. Sofía Méndez, murmuró el nombre que había escuchado. Me pregunto quién eres realmente. Con paso decidido, se dirigió al despacho privado de su marido. Tenía un presentimiento y sus presentimientos rara vez se equivocaban. Mañana haría una visita sorpresa a la oficina. Quería conocer personalmente a esa tal Sofía Méndez al otro lado de la ciudad, en su modesta casa.
Sofía finalmente tomaba una decisión mientras veía amanecer. No confrontaría a Fernando directamente. Primero lo observaría, aprendería sobre él, descubriría qué clase de hombre era realmente su padre y después, solo después, decidiría qué hacer con la verdad. La mañana siguiente, Sofía llegó a la oficina media hora antes. Necesitaba tiempo para prepararse mentalmente. Cada paso por aquel edificio de cristal tenía ahora un significado diferente. No era solo una empleada más. Era la hija secreta del hombre más poderoso de la firma.
Carmen la recibió con una sonrisa cansada y una taza de café. “Llegas temprano, muchacha. Buen comienzo”, comentó mientras le entregaba un folder. “El licenciado quiere que organices estos expedientes. Son casos importantes, así que ten cuidado.” Sofía tomó los documentos con manos firmes, aunque por dentro temblaba. “El licenciado ya llegó. Siempre es el primero, respondió Carmen. Nunca se casa, nunca tiene hijos, solo vive para este despacho y para complacer a esa mujer, su esposa, preguntó Sofía intentando sonar casual.
Carmen hizo un gesto de desdén. Doña Verónica, un témpano con joyas. 30 años de matrimonio y nunca los he visto darse un beso de verdad, bajo la voz. Pero no andes repitiendo eso si quieres durar aquí. Sofía asintió. Guardando esa información como un tesoro, comenzó a trabajar en los expedientes, sorprendiéndose de su propia eficiencia. Quizás era la adrenalina o quizás quería demostrar algo a él, a sí misma. A las 10 de la mañana, Fernando la llamó a su despacho.
Sofía entró con la espalda recta y el corazón desbocado. Buenos días, licenciado. Fernando levantó la vista de sus documentos. Algo en él parecía diferente hoy. Había dormido mal. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos. Siéntese, señorita Méndez. Carmen me dice que ha organizado los expedientes Montero en tiempo récord. Me gusta ser eficiente, respondió ella observándolo con nuevos ojos. Ahora podía ver el parecido. Sus mismos ojos grises, la forma de su nariz, ¿cómo no lo había notado antes? Hay un caso importante que requiere atención inmediata”, continuó Fernando sacando un expediente grueso.
“Necesito que lo revises y organices la información por fechas. Es crucial para una audiencia la próxima semana.” Por supuesto, sus dedos se rozaron cuando él le entregó el expediente, un contacto breve, insignificante para cualquier otra persona, pero que envió una corriente eléctrica por la columna de Sofía. Este hombre era su padre. Su sangre corría por sus venas. y él ni siquiera lo sabía. “¿Sucede algo, señorita Méndez?”, preguntó Fernando notando su turbación. Sofía se recompuso rápidamente. “No, licenciado.
Me pondré a trabajar de inmediato.” Cuando regresó a su escritorio, Carmen la miró con curiosidad. Todo bien. ¿Estás pálida? Sí, solo. Sofía buscó una excusa. Es un caso importante y no quiero equivocarme. La mañana transcurrió sin incidentes mientras Sofía se sumergía en el trabajo. Agradecida por la distracción, a la hora del almuerzo, cuando estaba a punto de salir a comprar algo, una voz masculina la detuvo. Sofía Méndez. Soy Joaquín Vega, socio Junior. Ante ella estaba un hombre joven, apenas 30 años, de rostro atractivo y sonrisa confiada.
Vestía un traje impecable y llevaba el cabello perfectamente peinado. Mucho gusto respondió ella con educación profesional. Veo que estás trabajando en el caso Rivera, señaló el expediente sobre su escritorio. Es complicado. ¿Te gustaría discutirlo durante el almuerzo? Conozco un lugar aquí cerca. Sofía dudó, no había venido a socializar, pero quizás Joaquín podría darle información valiosa sobre Fernando. De acuerdo, gracias por la invitación. El restaurante era elegante, pero discreto, frecuentado por ejecutivos y abogados. Joaquín pidió vino que Sofía apenas probó.
“Eres una caja de sorpresas”, comentó él mientras comían. Fernando nunca contrata a nadie sin experiencia previa, pero pareces haberlo impresionado. El licenciado Arteaga es tan exigente como dicen, preguntó ella, intentando mantener un tono casual. Joaquín sonríó con cierta amargura. Es una leyenda legal, pero un hombre solitario. Todos lo respetan, pocos lo conocen realmente. Hizo una pausa, excepto quizás doña Verónica, ella es influyente. Su esposa participa en el bufete, no oficialmente, pero su familia aportó el capital inicial y ella nunca deja que nadie lo olvide.
Joaquín la miró con intensidad. Te daré un consejo. Mantente en su lado bueno. Ha destruido carreras con una simple llamada telefónica. El almuerzo continuó entre conversaciones profesionales. Joaquín era encantador y parecía genuinamente interesado en ella. Pero Sofía mantenía sus barreras altas. No podía confiar en nadie. No todavía. Cuando regresaron a la oficina, una conmoción los recibió. Una mujer elegante de unos 50 años avanzaba por el pasillo como si fuera la dueña del lugar. Los empleados se apartaban a su paso bajando la mirada con respeto temeroso.
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