La suegra se burló con satisfacción del vestido de novia ‘barato’ de su nuera delante de los invitados, para luego quedarse paralizada al recibir el anuncio: ‘La nueva presidenta del grupo es ella’.
El calor en Cuernavaca siempre tiene una textura pegajosa, pero esa tarde, en los jardines de la Hacienda San Gabriel, el aire se sentía pesado por algo más que la humedad: olía a dinero viejo, a hipocresía rancia y a traición.
Estábamos en el corazón de la “Eterna Primavera”, en una de esas haciendas coloniales restauradas que alquilan por medio millón de pesos el fin de semana. Los muros de piedra volcánica estaban cubiertos de buganvilias fucsias y orquídeas blancas importadas de Holanda, un capricho de mi suegra, Catalina Montemayor, quien insistió en que las flores nacionales eran “demasiado silvestres” para una boda de su estatus.
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