
Quinientos invitados llenaban las mesas dispuestas bajo una carpa de seda blanca. Ahí estaba la crema y nata de la sociedad mexicana: políticos que salían en las noticias por desfalcos, empresarios que dueños de medio país, y socialités cuyas caras ya no podían expresar emociones debido al exceso de botox. Todos ellos, con sus guayaberas de lino fino y sus vestidos de diseñador, me miraban.
Yo estaba de pie en el centro de la pista de baile, sola. Mi esposo, Emilio Montemayor, se había alejado unos pasos, copa de champán en mano, riendo nerviosamente con sus amigos del club de golf, esos “mirreyes” que nunca han trabajado un día en su vida y que le dicen “papá” a sus tarjetas de crédito ilimitadas.
El silencio cayó sobre el jardín cuando Catalina tomó el micrófono. El sonido del feedbak agudo hizo que varios se taparan los oídos, pero ella ni se inmutó. Se alisó su vestido plateado de Carolina Herrera, me miró de arriba abajo con esa expresión que suelen usar las señoras de Las Lomas cuando ven a alguien que consideran “servicio doméstico”, y sonrió. No era una sonrisa de felicidad; era la sonrisa de un depredador que sabe que su presa está acorralada.
—Atención, por favor, querida familia, amigos… —su voz, educada en los mejores colegios privados, resonó en los altavoces Bose—. Antes de continuar con el banquete, y antes de que sirvan el mole de pato —que, por cierto, el chef preparó especialmente para los paladares refinados—, quiero hacer un brindis muy especial.
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