Pero después de realizar unos exámenes básicos, el médico se mostró visiblemente preocupado.
—Señora… —dijo, frunciendo el ceño mientras revisaba los resultados otra vez—. Esto puede sonar extraño, pero los análisis indican… un embarazo.
—¿Qué? —exclamó Larissa—. ¡Tengo sesenta y seis años!
—Existen casos extremadamente raros —respondió con cautela—. Pero para estar seguros, necesita consultar a un ginecólogo.
Larissa salió del consultorio en estado de shock, aunque en lo más profundo… lo creyó. Ya tenía tres hijos, y a medida que su vientre crecía, empezó a convencerse de que estaba viviendo un “milagro tardío”. A veces sentía presión, pesadez e incluso algo parecido a movimientos, lo que reforzaba aún más su creencia.
Aun así, no fue al ginecólogo.
—Ya he tenido tres hijos —se decía—. Sé cómo es esto. Cuando llegue el momento, iré al hospital.
Pasaron los meses. Su vientre crecía más y más, sorprendiendo a los vecinos. Larissa sonreía y decía que “Dios había decidido bendecirla”. Tejió pequeños calcetines, eligió nombres y hasta compró una cunita.
Cuando, según sus propios cálculos, alcanzó el noveno mes de embarazo, finalmente decidió ir al ginecólogo para saber cómo sería el parto. El médico, al ver su edad, ya estaba desconfiado, pero comenzó el examen.
En cuanto la imagen apareció en la pantalla del ultrasonido, el rostro del doctor se puso pálido.
—Señora Larissa… eso no es un bebé.
El corazón de Larissa comenzó a latir con fuerza.
—Entonces… ¿qué es?
El médico respiró hondo.
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