Aun así, no consultó a un especialista.
“Ya lo he hecho antes”, se dijo a sí misma. “Cuando llegue el momento, iré al hospital”.
Pasaron los meses. Su barriga se agrandó. Los vecinos curiosos hacían preguntas, y Larissa sonreía, diciendo que quizás Dios había decidido bendecirla de nuevo. Tejió calcetines diminutos, eligió nombres e incluso compró una cuna.
Según sus propias cuentas, había llegado al noveno mes cuando finalmente pidió cita con un ginecólogo para prepararse para el parto. El médico, dubitativo dada su edad, comenzó el examen.
En cuanto apareció la ecografía, palideció.
“Señora Larissa… eso no es un bebé”.
Su pulso latía con fuerza. “¿Entonces qué es?”
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