La infancia de Redford también estuvo marcada por pérdidas tempranas. Su tío David, a quien veía como una figura paterna debido a la distancia emocional con su padre, murió en la Segunda Guerra Mundial cuando el actor tenía apenas 9 años. Poco después, la familia enfrentó otro golpe: su madre perdió a dos bebés durante el parto y, tiempo más tarde, falleció cuando Robert tenía solo 18 años. Estos acontecimientos dejaron en el joven una huella emocional que lo acompañaría de por vida.
Con el deseo de formarse como artista, viajó a París y Florencia, donde descubrió no solo que su talento como pintor no era tan sobresaliente como creía, sino también un interés por la política y una visión crítica sobre su propio país. A su regreso, a los 22 años, conoció a Lola Van Wagenen, una joven de la comunidad mormona con quien se casó y compartió casi tres décadas de vida. Fue ella quien lo ayudó a dejar los excesos y lo impulsó a estudiar actuación en Nueva York.
La vida familiar de Redford estuvo atravesada por grandes alegrías, pero también por pérdidas irreparables. Su primer hijo, Scott, murió a los cinco meses debido a un problema de salud repentino. Décadas más tarde, su tercer hijo, James, cineasta y documentalista, falleció a los 58 años tras una larga lucha contra el cáncer de hígado. Sus hijas, en cambio, siguieron caminos vinculados al arte: Shauna se convirtió en artista plástica, mientras que Amy encontró su vocación en la actuación y la dirección.
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