Cuando llegó a Luna de Polanco, los meseros la miraban entre admirados y asustados.
—Dicen que lo dejaste mudo —susurró uno.
—Y que hablas mejor inglés que él —añadió otro.
Camila la interceptó.
—Te llamaron de administración… —dijo en voz baja—. Dicen que si el señor Von Bauer vuelve, pidió hablar contigo.
Valeria frunció el ceño. ¿Volver? Después de lo que había pasado, habría apostado todo a que él nunca más cruzaría esa puerta. Pero el destino tiene formas extrañas de insistir.
A las dos de la tarde, un auto negro se detuvo frente al restaurante. Eric entró solo, sin su corte de ejecutivos ni su sonrisa escandalosa.
—¿Desea que le asigne otro mesero, señor? —preguntó Camila, tensa.
—No —respondió él—. Quiero que me atienda ella.
Valeria sintió un nudo en el estómago, pero se acercó.
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