En su oficina, lejos del ruido del restaurante, Eric pidió información sobre ella: exestudiante de letras inglesas en la UNAM, beca cancelada por motivos familiares, madre fallecida, a cargo de un niño de once años.
Leyó el informe dos veces. Por primera vez en su vida, se preguntó cuántas historias había ignorado detrás de los uniformes que le servían la mesa.
Esa noche volvió al Luna. Cuando Valeria se acercó, él ya no hablaba como un juez, sino como alguien que carga algo pesado en el pecho.
—Supe que estudiaste letras inglesas —dijo sin rodeos—. Que dejaste la universidad por cuidar a tu familia.
La pluma se le resbaló de los dedos.
—¿Quién le dio esa información? —preguntó, dolida.
—No fue mi intención invadir tu privacidad —respondió él, bajando la voz—. Solo… quería entender.
—No tenía derecho.
—Lo sé —admitió—. Pero necesito decirte algo: tenías razón. Hay idiomas que no deberían usarse para humillar. Y no dejo de pensar en cuántas veces lo hice sin darme cuenta.
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