
Don Esteban Montenegro era un hombre de relojes sincronizados, trajes impecables y silencios absolutos. Su vida, o lo que quedaba de ella tras la muerte de su esposa, se regía por un orden casi militar. Para él, el control era la única forma de mantener a raya el dolor que le desgarraba el pecho cada vez que miraba a sus tres hijos y notaba la ausencia de la madre. La mansión, enorme y lujosa, se había convertido en un mausoleo de mármol frío donde estaba prohibido correr, prohibido gritar y, tácitamente, prohibido ser feliz.
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