Desde el primer día, Rosa ignoró las reglas del “silencio terapéutico” que el prestigioso Doctor Valdés había impuesto. Cuando Mateo rechazaba la comida, Rosa no lo forzaba ni llamaba a su padre para que lo regañara. Simplemente se sentaba a su lado, con un plato de comida casera, y le hablaba. Le contaba historias de su pueblo, le cantaba canciones desafinadas y, sobre todo, lo trataba como a un niño, no como a un paciente terminal.
—Tu mamá no querría que te fueras con ella todavía, Mateo —le susurró una tarde—. Ella te dejó aquí para que vivieras.
Esa frase fue la llave. Mateo empezó a comer. Primero una cucharada, luego dos. El color volvió a sus mejillas. Tomás y Lucas, contagiados por el cambio de su hermano, empezaron a salir de sus habitaciones. La casa, antes gris, empezó a tener matices de color.
Pero la alegría es un enemigo peligroso para quien lucra con la tristeza.
El Doctor Valdés llegó dos días después para su visita rutinaria. Era un hombre de sonrisa ensayada, reloj de oro y ojos que nunca sonreían. Al entrar y ver a Mateo sentado en el jardín, intentando atrapar una pelota que Lucas le lanzaba, su rostro se endureció imperceptiblemente.
—Don Esteban —dijo el médico con voz grave, llevando al padre a un rincón—, esto es imprudente. El chico está sobreestimulado. Su corazón es débil. Esta “mejoría” que usted ve es solo un pico de adrenalina antes del colapso.
Esteban, vulnerable y aterrorizado de perder a otro ser querido, asintió. El miedo es una herramienta poderosa, y Valdés era un maestro en usarla.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Esteban.
—Aumentar la dosis del sedante. Necesita reposo absoluto. Y silencio. Ese alboroto… —miró con desprecio a Rosa, que jugaba con los niños— debe terminar. Esa mujer es un peligro para la salud de su hijo.
Rosa escuchó todo desde la cocina. Sintió un frío en el estómago que conocía bien. Eran las mismas palabras. El mismo tono condescendiente que otro médico había usado con su madre años atrás, cuando su hermano Miguel empeoraba mes tras mes “inexplicablemente”. Rosa recordó los frascos de medicina, el costo exorbitante de los tratamientos que consumieron los ahorros de su familia, y cómo, cuanto más pagaban, más enfermo se ponía Miguel hasta que su corazón dejó de latir.
Esa noche, Rosa no durmió. Sacó un cuaderno viejo y empezó a anotar. No anotaba recetas de cocina, anotaba patrones.
Lunes: Mateo no tomó la pastilla azul, comió bien y rió. Martes: El doctor le inyectó la dosis doble. Mateo durmió 18 horas y despertó con temblores. Miércoles: Rosa “olvidó” darle el jarabe de la mañana. Mateo intentó mover los dedos de los pies.
La conclusión era aterradora, pero innegable. Mateo no estaba enfermo de gravedad por su parálisis; estaba siendo intoxicado lentamente. Mantenerlo débil, dependiente y al borde de la muerte era la garantía de que Don Esteban siguiera firmando cheques con muchos ceros. El niño era una mina de oro, y el Doctor Valdés era el minero.
La confrontación era inevitable. Ocurrió una mañana gris, cuando Mateo amaneció pálido y con náuseas tras una visita del médico la noche anterior. Valdés llegó a media mañana, acompañado de una enfermera y con una actitud de urgencia teatral.
—El cuadro se ha complicado, Esteban —dijo Valdés, abriendo su maletín de cuero—. Necesitamos administrar un tratamiento de choque ahora mismo. Es una nueva droga experimental importada. Costosa, pero es su única esperanza.
Esteban, con ojeras marcadas por la preocupación, sacó su chequera. —Lo que sea necesario, doctor. Sálvelo.
La enfermera preparó una jeringa con un líquido ámbar. Se acercaron a Mateo, que miraba la aguja con terror en los ojos.
—No —susurró el niño.
—Es por tu bien, campeón —dijo Valdés con frialdad.
Justo cuando la aguja iba a tocar la piel del brazo de Mateo, una mano firme sujetó la muñeca de la enfermera. Fue un movimiento rápido, decidido. Rosa se interpuso entre la jeringa y el niño.
—¡Nadie va a tocar a este niño! —gritó Rosa. Su voz, usualmente dulce, sonó como un trueno.
—¡Pero qué hace! —bramó el Doctor Valdés, rojo de ira—. ¡Esteban, quite a esta loca de aquí! ¡Está poniendo en riesgo la vida de su hijo!
Esteban, confundido, dio un paso adelante. —Rosa, por favor, apártate. El doctor sabe lo que hace.
—¡No, señor! —Rosa se giró hacia él, con los ojos llenos de lágrimas pero sin soltar su posición defensiva—. ¡Mírelo! ¡Mire a su hijo! ¿Cuándo ha estado mejor? ¿Cuando toma esas porquerías o cuando come comida de verdad? ¿Cuando duerme todo el día o cuando juega con sus hermanos?
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