Parte 2…

Veinticinco años después, Lucía ya no era una niña. Era una mujer marcada por el dolor, con cicatrices que no se veían, pero que pesaban todos los días. Sin embargo, dentro de ella seguía ardiendo la promesa hecha a Esperanza. Nunca dejó de buscar. Nunca dejó de creer. Tocó puertas que no se abrieron, siguió pistas falsas, lloró en silencio, pero no se rindió. Hasta que encontró al primero: Santiago. Lo halló en un bar clandestino, vestido con traje caro, un arma escondida bajo el saco, rodeado de sombras. Era la mano derecha de Julián, un temido jefe criminal.
“Soy Lucía”, dijo con la voz temblando. “Tu hermana”. Por un segundo, algo brilló en los ojos de Santiago. Un recuerdo, un dolor antiguo, una noche de frío. Pero enseguida se apagó. “Esa parte de mí ya murió”, respondió frío. “Vete”. El corazón de Lucía se rompió, pero no se rindió. Siguió buscando. Y lo encontró.
En una bodega oscura, encorvado, con el cuerpo marcado por años de esclavitud, estaba Mateo. Cuando la vio, sus ojos se llenaron de lágrimas. Se abrazaron como si quisieran recuperar veinticinco años en un solo gesto. Prometieron no separarse nunca más. Pero entonces apareció Julián, rodeado de hombres armados, con una sonrisa cargada de desprecio. “¿Quieren la verdad?”, escupió. “Yo soy su padre. Yo los dejé en ese basurero. Eran errores. Cargas que no quise llevar”.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.