Doña Isabel Morales, madre del joven millonario Alejandro Morales, entró a la mansión de Las Lomas con una maleta vieja de cartón reforzada con cinta. Vestía un sencillo vestido de algodón, desteñido por los años, y sus manos ásperas hablaban de una vida entera de trabajo duro. Alejandro había insistido en traerla a vivir con él para “compensar tantos años de sacrificio”. Pero desde el primer día, Valeria Ríos, su prometida hermosa, elegante y altiva, la miró con un desprecio que no necesitaba palabras.
Valeria entró al cuarto de Isabel sin tocar la puerta.
—¿Todavía no te cambiaste, suegrita? —dijo con una sonrisa falsa—. Alejandro ya va a bajar, no lo hagas pasar vergüenza con ese aspecto.
Abrió el clóset y sacó un vestido color vino, caro, que Alejandro había comprado para su madre.
—Este es bonito —endulzó la voz—. Con esto puesto te verás… más como la mamá de un millonario.
Isabel obedeció en silencio. Valeria la observó cambiarse y soltó una risa seca.
—Bueno, ahora sí. Vamos… y cuidado con las escaleras, no vayas a ensuciar el vestido, ¿eh?
Le apretó la mano con fuerza, casi lastimándola.
En la mesa, Valeria inició su espectáculo. Cuando Lucía, la empleada doméstica, iba a servirle vino de reserva a Isabel, Valeria la interrumpió:
—No, no. A ella dale vino común. Total, no distingue esas cosas. No desperdicies el bueno.
Isabel bajó la mirada, con las mejillas ardiendo. Alejandro estaba distraído en una llamada, ajeno a todo.
Durante la cena, Valeria no dejó de burlarse de la pobreza del pasado de Isabel.
—Cuente la historia del árbol de guayaba, suegra. A Alejandro le encanta, ¿verdad?
Luego rió con sarcasmo.
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