“Mamá… él estuvo en tu panza conmigo”, dijo Mateo con una seguridad que no cabía en su cuerpecito de cinco años, señalando hacia la fuente de la plaza principal de Cuernavaca.
Daniela Morales sintió que el aire se le atascaba en el pecho. Sostuvo con fuerza la manita de su hijo, como si el mundo pudiera arrancárselo con un tirón, y siguió la dirección de aquel dedo pequeño. Allí, entre vendedores de globos y el murmullo de las palomas, un niño descalzo ofrecía dulces en una cajita de cartón. Llevaba una playera manchada, shorts rotos, y la piel tostada de sol… pero lo que dejó a Daniela inmóvil no fue la ropa, ni la pobreza evidente.
Fue la cara.
Rizos castaños, la misma forma de cejas, la misma línea de la nariz, el mismo gesto al morderse el labio inferior cuando miraba con atención. Y en la barbilla, una pequeña marca de nacimiento… idéntica a la de Mateo.
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