“No quiero irme. Quiero quedarme con mi hermano.”
La palabra hermano cayó como un trueno. Mateo nunca había pedido un hermano, nunca había hablado de uno… hasta ese momento. Daniela sintió que todo lo que se había esforzado por negar comenzaba a romperse.
“Él no es tu hermano”, soltó, demasiado rápido. “Tú no tienes hermanos.”
“Sí tengo”, lloró Mateo. “Yo sé que tengo. Él habla conmigo todas las noches.”
Pablo se acercó y le tocó el brazo con una ternura rara para un niño que vivía en la calle.
“No llores… a mí tampoco me gusta cuando nos separamos.”
Daniela levantó a Mateo en brazos, ignorando sus protestas, y se alejó con pasos apresurados. Pero incluso a distancia sintió la mirada de Pablo siguiéndolos, y vio —o creyó ver— cómo una lágrima le caía por la mejilla sucia.
En el coche, Mateo repitió una y otra vez, como un martillo: “¿Por qué dejaste a mi hermano solo, mamá? ¿Por qué?”

Daniela manejaba con las manos temblorosas. La plaza iba quedando atrás, pero el rostro de Pablo seguía ahí, clavado en su mente. Y con él, esos huecos raros en sus recuerdos del parto: la anestesia, el silencio, el despertar con Mateo en brazos y una sensación inexplicable de ausencia, como si algo no hubiera terminado de encajar.
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