Ella respondió sin apartar los ojos de los míos:
—Alejandro… tú no serás el padre biológico de mi heredero.
Sentí como si el aire desapareciera de la habitación.
—¿Entonces… qué sentido tiene todo esto? —pregunté con la voz tensa.
Verónica se levantó despacio y caminó hacia la ventana. La lluvia golpeaba el vidrio con fuerza.
—Porque el heredero… ya existe.
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