Vendí la casa seis meses después. Me mudé a otra ciudad. Allí nadie sabía que yo era la nuera cruel, nadie sabía quién fue Doña Teresa. Solo yo sabía esto: hay mujeres que no necesitan ser reivindicadas en vida; la verdad siempre encuentra su camino, lenta, pero lo suficientemente dolorosa para quien juzgó.
Y si algún día alguien me pregunta:
—¿Te arrepientes de haber sido tan fría con tu suegra?
Responderé:
—No. Yo solo viví exactamente como ella me enseñó.
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