Me llamo Margaret Ellington y, a mis setenta años, jamás imaginé que las palabras más crueles que escucharía vendrían de la hija que crié sola. Seis meses antes, mi hija Lily, recién divorciada y con dificultades económicas, había llamado a mi puerta con sus dos hijos. Vivía sola en una casa grande de cinco habitaciones a las afueras de Denver desde que falleció mi esposo. Cuando Lily me contó entre lágrimas que su exmarido la había dejado por una mujer más joven, le abrí las puertas de mi casa sin dudarlo.

Anoche, Lily me preguntó en voz baja: «Mamá... ¿crees que algún día podrás perdonarme?».

La miré, la miré con atención. «El perdón no es un momento, Lily. Es un proceso. Y lo estás viviendo ahora».
Asintió, con lágrimas en los ojos, y susurró: «Seguiré caminando, mamá. Hasta que sea necesario».

Y por primera vez, le creí.

Mi historia ya no se trata de venganza: se trata de límites, resiliencia y el precio de las palabras irreflexivas. Lo perdí todo una vez: mi dignidad, mi paz, mi autoestima. Nunca lo volveré a perder.

Para quienes me escuchan, recuerden: A veces el amor sobrevive. A veces no. ¿Pero la dignidad? Esa nunca debe renunciarse.

¿Qué habrías hecho en mi lugar? Comparte tu opinión: quiero saber cómo manejarías una traición como esta.

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