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Los días siguientes fueron una extraña mezcla de descubrimiento y terror.
Aprender a vivir sin miedo es más difícil de lo que parece. El miedo se vuelve un hábito, una postura corporal, una forma de respirar.
La primera mañana, me desperté antes del amanecer, como siempre. Hice la cama de inmediato, estirando las sábanas hasta que no quedó ni una arruga. Bajé a la cocina buscando la escoba y el trapeador.
Doña Lupe ya estaba ahí, preparando café de olla. Cuando me vio entrar, buscando los utensilios de limpieza, soltó una risita suave.
—¿Qué haces, niña?
—Voy a limpiar antes de que se despierte el patrón —respondí automáticamente, bajando la cabeza.
Doña Lupe dejó la cuchara y se acercó a mí. Me tomó de los hombros y me obligó a mirarla.
—Aquí no hay patrón, María. Y tú no eres la sirvienta. Eres la dueña. Si quieres limpiar, limpia, pero no porque tengas que hacerlo para ganarte el desayuno.
Me quedé paralizada. ¿No hacer nada? La idea me aterraba. Si no era útil, ¿qué era?
—Siéntate —ordenó ella, empujándome suavemente hacia una silla—. Toma café. Y come pan. Estás en los huesos.
Me senté. Me sentía culpable por estar sentada mientras ella trabajaba. Mis manos buscaban algo que hacer, doblando la servilleta una y otra vez.
Don Ramón apareció poco después. Llevaba ropa de trabajo, camisa a cuadros y botas limpias.
—Buenos días, María —dudó un momento antes de llamarme así—. ¿Sabes? En el acta de nacimiento tu nombre es María Fernanda. ¿Te gusta más Fernanda? ¿O Mafer?
Negué con la cabeza.
—María está bien. Es lo único que conozco.
Él asintió. Se sentó y bebió su café negro.
—Hoy vendrá un médico —anunció—. Quiero que te revise. Estás anémica, eso se ve a leguas. Y quiero que vea esa tos que tienes.
Me tensé. Los médicos costaban dinero. Ernesto nunca me llevó a uno, ni siquiera cuando me rompí el brazo al caer de la escalera a los doce años. Clara me lo entablilló con cartón y cinta adhesiva, y quedó un poco chueco.
—No tengo dinero para pagarle —dije rápido.
Don Ramón dejó la taza sobre la mesa con un golpe suave.
—María, escúchame bien. Tienes dinero. Mucho. El fideicomiso ha generado intereses durante diecisiete años. Podrías comprar medio pueblo si quisieras. Pero eso lo veremos después con el notario. Ahora, lo importante es tu salud.
El médico llegó a mediodía. Era un hombre joven, amable, que no me miró con asco al ver mis cicatrices viejas ni la marca del hueso mal soldado en mi brazo. Me recetó vitaminas, una dieta especial y descanso. Mucho descanso.
Pero yo no podía descansar. Me sentía inquieta. Caminaba por la casa tocando las paredes, los muebles, tratando de convencerme de que era real.
Entré a la biblioteca. Era una habitación de techo alto, forrada de libros desde el suelo hasta arriba. El olor a papel viejo y cuero me envolvió. Recordé los libros que sacaba de la basura. Aquí había miles.
—Eran de tu madre —dijo Don Ramón desde la puerta—. Ella amaba leer. Se sentaba en ese sillón junto a la ventana y leía durante horas mientras tú dormías en el moisés.
Me acerqué a los estantes. Toqué los lomos dorados. *Cien años de soledad*, *Pedro Páramo*, enciclopedias, poesía.
—Puedes leerlos todos —dijo él—. Tienes todo el tiempo del mundo.
Tomé uno al azar. Lo abrí. En la primera página, había una inscripción con una letra elegante y curva: *”Para Elena, mi luz. J.”*
Sentí un nudo en la garganta. Eran rastros de amor. Mi vida había estado llena de rastros de odio, y ahora, cada rincón de esta casa me gritaba que alguna vez fui amada. Era abrumador.
Esa tarde, Don Ramón me pidió que lo acompañara al despacho. Tenía el rostro serio.
—Tengo noticias —dijo, señalando el teléfono fijo—. Me llamó el comandante de la policía federal.
Sentí que el estómago se me encogía. El viejo miedo.
—¿Ernesto?
—Intentaron cambiar los dólares en una casa de cambio en Pachuca esta mañana —dijo Ramón con satisfacción—. El cajero reconoció la serie de los billetes que yo había reportado como “robados” en un supuesto asalto días atrás. Era la trampa.
—¿Los atraparon?
—Sí. Ernesto intentó huir en la camioneta y chocó contra un poste. No les pasó nada grave, desgraciadamente. Pero ya están detenidos. Y Clara… Clara empezó a gritar y a delatar a Ernesto para salvarse ella.
Cerré los ojos. Podía imaginar la escena. La cobardía de Clara, la estupidez de Ernesto.
—Confesaron todo, María. El robo de la identidad, el fraude, el maltrato. Van a pasar el resto de sus vidas tras las rejas.
Esperaba sentir alegría. Euforia. Pero lo que sentí fue un cansancio infinito. Como si hubiera estado cargando una piedra gigante y de repente alguien me la quitara, dejándome los músculos adoloridos y temblorosos.
—Ya no pueden hacerte daño —dijo Don Ramón—. Nunca más.
Asentí, pero no dije nada. Salí al porche de la casa. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranja y violeta sobre las montañas. El aire era fresco, limpio.
Me senté en los escalones de madera. Miré mis manos. Eran manos de trabajadora, ásperas, con callos. Pero eran mis manos.
Durante diecisiete años fui una esclava, un objeto, un estorbo.
Hoy, era María Fernanda. Hija de Elena y Julián. Dueña de mi destino.
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