A lo lejos, un pájaro cantó. Respiré hondo, llenando mis pulmones de ese aire de montaña que no olía a miedo.
Sabía que el camino sería largo. Tenía que aprender a ser una persona, no una sombra. Tenía que aprender a confiar, a hablar sin bajar la voz, a comer sin prisa. Pero tenía tiempo. Y tenía una historia que ya no era una mentira.
Miré hacia el bosque y, por primera vez en mi vida, no vi un lugar para esconderme, sino un lugar para explorar.
El infierno había quedado atrás, en un pueblo polvoriento. Aquí, entre los pinos y el silencio, empezaba mi vida.
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