Mecánico pobre alimento a gemelos sin hogar. 15 años después, dos Ferraris frenaron en su taller. Era una tarde calurosa de julio, de esas en las que el asfalto parecía derretirse bajo el sol implacable de la Ciudad de México. Jaum Gil Ortega secó el sudor de la frente con un trapo sucio que colgaba de su cinturón, dejando una mancha oscura de grasa en su piel bronceada. Tenía 42 años, pero su rostro curtido por el trabajo duro y las preocupaciones constantes lo hacían parecer mayor.
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