Sus manos, llenas de callos y cicatrices, contaban la historia de tres décadas dedicadas a la mecánica automotriz. Su taller mecánico Hill, no era más que un local pequeño con paredes despintadas y un techo de lámina que amplificaba el calor del mediodía. Las herramientas colgaban de ganchos oxidados en las paredes y el piso de concreto estaba manchado permanentemente con aceite de motor que ningún detergente podía eliminar. Un viejo ventilador giraba lentamente en una esquina apenas moviendo el aire caliente de un lado a otro.
Yaume estaba arrodillado junto a un suru del 98 intentando diagnosticar por qué el motor se apagaba constantemente. El dueño del vehículo, un señor de la colonia, le había dejado el auto esa mañana con la promesa de pagarle en cuanto cobrara su quincena. Jaume había aprendido a no esperar pagos puntuales. La mayoría de sus clientes eran como él, gente trabajadora que apenas tenía para sobrevivir. El sonido llegó primero, un rugido profundo y potente que hizo vibrar los vidrios de su pequeña oficina.
Jaume levantó la vista extrañada en su barrio. Los únicos vehículos que hacían ruido eran los camiones de carga o alguna motocicleta modificada por algún joven del vecindario. Pero esto, esto era diferente. Era el ronroneo elegante y controlado de motores que costaban más que toda su propiedad. Se puso de pie lentamente, limpiando las manos en su overol gris, manchado de aceite y grasa. Caminó hacia la entrada de su taller, entornando los ojos contra el sol brillante de la tarde, y entonces los vio.
Dos Ferraris rojos, idénticos, resplandecientes como rubíes gigantes, se deslizaban lentamente por la calle estrecha de su colonia. Los vecinos salían de sus casas, los niños dejaban de jugar fútbol en la esquina, las señoras asomaban sus cabezas por las ventanas. Nadie en ese barrio humilde había visto jamás un auto así, mucho menos dos al mismo tiempo. Los Ferraris se detuvieron exactamente frente a su taller. El motor de ambos vehículos se apagó al mismo tiempo, creando un silencio arrepentido que parecía más fuerte que el ruido anterior.
Jaume sintió que su corazón latía con fuerza contra su pecho. Sus piernas se sentían débiles, pero no podía moverse. Estaba clavado en su lugar, observando con los ojos muy abiertos. Las puertas de los autos se abrieron hacia arriba como alas de un ave exótica. De cada Ferrari descendió un joven que parecía salido de una revista de moda. Vestían trajes oscuros perfectamente cortados, camisas blancas impecables, zapatos de cuero que brillaban bajo el sol. Ambos eran idénticos, el mismo rostro, la misma estatura, el mismo porte elegante, gemelos.
Los dos jóvenes se pusieron de pie junto a sus vehículos, mirando directamente hacia Yaume. Durante un momento que pareció eterno, nadie dijo nada. El mecánico sintió que algo en su pecho se apretaba, como si un puño invisible estuviera exprimiendo su corazón. Había algo en esos rostros, algo familiar, algo que despertaba un recuerdo enterrado profundamente en su memoria. Y entonces uno de ellos sonriendo. Una sonrisa amplia, llena de emoción contenida. Sus ojos brillaban con lágrimas que amenazaban con derramarse en cualquier momento.
“Don Yaume”, dijo el joven con voz temblorosa dando un paso al frente. ¿Se acuerda de nosotros? La llave inglesa que Yaume sostenía cayó al suelo con un ruido metálico que resonó en todo el taller. Sus manos, esas manos fuertes y trabajadores que nunca temblaban al manejar las herramientas más pesadas, ahora se sacudían incontrolablemente. Llevó ambas manos a su cabeza como si necesitara sujetarla para evitar que explotara con la avalancha de emociones que lo invadían. No, no puede ser, susurró su voz apenas audible.
Eliseo Bernat, el segundo joven, también avanzó y ambos hermanos ahora estaban a pocos metros de él. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, pero sus sonrisas eran radiantes, llenas de una felicidad que parecía desbordarlos. “Somos nosotros, don Yaume”, dijo Bernat, su voz quebrada por la emoción. Hemos vuelto después de 15 años. Finalmente hemos vuelto. Xaume sintió que sus rodillas cedían. Se tambaleó hacia atrás, buscando apoyo en el marco de la puerta de su taller. Su mente estaba girando, intentando procesar lo que sus ojos veían.
Esos dos jóvenes elegantes, atractivos, exitosos, eran realmente aquellos dos niños flacos y hambrientos que habían encontrado tantos años atrás. Los vecinos comenzaban a reunirse alrededor, susurrando entre ellos, señalando los autos de lujo, mirando la escena con curiosidad y asombro. Pero para Yaume, el mundo entero se había reducido a esos dos rostros frente a él. Rostros que había buscado en cada niño que veía en la calle durante años. Rostros que aparecían en sus sueños. Rostros que había creído perdidos para siempre.
Pero, pero, ¿cómo ustedes? Ya no podía formar una frase completa. Las palabras se atascaban en su garganta, ahogadas por el nudo de emociones que lo consumía. Eliseo dio otro paso al frente, extendiendo su mano hacia el mecánico. Tenemos mucho que contarle, don Jaume, tanto que contarle, pero primero déjenos decirle algo que hemos querido decirle durante 15 años largos. Los dos hermanos se miraron como si se comunicaran sin palabras y luego hablaron al unísono sus voces firmes y claras.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.