Gracias por salvarnos la vida. Ya no pudo contenerse más. Las lágrimas que había estado tratando de controlar finalmente se derramaron. Corriendo por sus mejillas curtidas, dejando rastros limpios en su rostro, manchado de grasa, un soyoso escapó de su garganta y, antes de que pudiera pensar en lo que estaba haciendo, corrió hacia los dos jóvenes con los brazos abiertos. Los tres se encontraron en un abrazo que parecía querer recuperar 15 años de separación en un solo momento. Ya rodeó a ambos hermanos con sus brazos fuertes, apretándolos contra su pecho, como si temiera que desaparecieran nuevamente si los soltaba.
Eliseo y Bernat lo abrazaron con la misma intensidad, sus cuerpos sacudidos por soyosos que habían guardado durante años. Mis niños, mis niños, repetía Yaume una y otra vez, su voz rota. Pensé que nunca los volvería a ver. Pensé que los había perdido para siempre. Nunca nos perdió, don Jaumé, dijo Eliseo contra su hombro. Nunca cada día durante estos 15 años lo llevamos en nuestro corazón. Cada logro, cada éxito, cada momento importante de nuestras vidas. Pensábamos en usted.
Los vecinos observaban la escena con los ojos húmedos. Algunos de los más viejos recordaban vagamente a aquellos dos niños que solían ver en el taller de Chaume hace muchos años. Doña Lupita, la señora que vendía tamales en la esquina, se limpiaba las lágrimas con su delantal. Don Roberto, el dueño de la tienda de la esquina, tenía una sonrisa orgullosa en su rostro. Finalmente, después de lo que parecía una eternidad, los tres se separaron lentamente. Jaume los miraba de arriba a abajo, todavía incrédulo, como si necesitara confirmar con sus propios ojos que esto era real y no un sueño cruel.
“Déjenme verlos bien”, dijo con voz temblorosa tomando un paso atrás. Mírenlos, están tan grandes, tan tan diferentes. Ya no son esos niños flacos que se detuvieron abruptamente, su voz quebrándose nuevamente. Los recuerdos lo asaltaban con una fuerza abrumadora, llevándolo de regreso a aquella noche lluviosa de hace 15 años. Don Yaume, intervino Bernat colocando suavemente una mano en el hombro del mecánico. Sabemos que tiene muchas preguntas y tenemos todas las respuestas, pero primero podríamos hablar adentro. Tenemos tanto que contarle, tantas cosas que mostrarle.
Ya ascendiendo rápidamente, limpiando los ojos con el dorso de su mano manchado de grasa. Sí, sí, por supuesto. Pasen, pasen. Disculpen el desorden. Yo no esperaba visitas, mucho menos. Su taller es perfecto exactamente como es. Interrumpió a Eliseo con una sonrisa. Este lugar, este lugar es sagrado para nosotros, don Jaume. Aquí fue donde todo comenzó. Los tres entraron al pequeño taller, dejando atrás los dos Ferraris que brillaban bajo el sol, rodeados ahora por una multitud de vecinos curiosos que no dejaban de tomar fotos y comentar en voz baja dentro del taller.
El contraste era casi cómico. Dos vestidos en trajes que costaban millas de dólares parados en medio de un taller mecánico humilde con pisos de concreto manchado y paredes despintadas. Pero ninguno de los tres parecía notarlo o importarle. Ya les ofrecieron las únicas dos sillas que tenía en su pequeña oficina, limpiándolas torpemente con un trapo antes de que se sentaran, él se quedó de pie, apoyado contra su escritorio desordenado, todavía mirándolos como si temiera que desaparecieran si parpadeaba.
Entonces comenzó Yaume, su voz todavía temblorosa. ¿Qué pasó después de aquella noche? Los busqué por todas partes. Fui a las autoridades, pregunté en todos los refugios, en todas las calles donde solían estar, pero era como si los hubiera tragado la tierra. Eliseo y Bernat intercambiaron una mirada cargada de significado. Luego, Eliseo se inclinó hacia adelante, sus manos entrelazadas frente a él. Lo que pasó esa noche comenzó lentamente. Cambió nuestras vidas para siempre, don Yaume. Pero para que entienda toda la historia, tenemos que llevarla hace 15 años.
Tenemos que contarle todo desde el principio. Está listo para escuchar. Yaume ascendió, incapaz de hablar, con la garganta cerrada por la emoción y la anticipación. Y así, mientras el sol de la tarde comenzaba a descender sobre la Ciudad de México, pintando el cielo con tonos naranjas y rosados, los dos hermanos comenzaron a contar su historia. Una historia de pérdida y esperanza, de desesperación y milagros, de bondad que transforma vidas enteras. Hace 15 años, la vida de Jaume Gil Ortega era muy diferente.
No porque su taller fuera más próspero o porque tuviera más dinero en esa época, no. Su situación económica siempre había sido modesta, siempre había vivido al día, ganando apenas lo suficiente para pagar el alquiler del local y comprar comida. Lo que era diferente era su estado emocional. En aquel entonces, Jaume estaba atravesando el momento más oscuro de su vida. Su esposa Carmela, la mujer que había sido su compañera durante 20 años. lo había dejado seis meses antes.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.