Simplemente un día le había dicho que ya no podía seguir viviendo esa vida de privaciones y dificultades. Quería más, merecía más y se había marchado con un hombre que le prometía una vida mejor. La partida de Carmela lo había destruido. No solo había perdido a la mujer que amaba, sino también la confianza en sí mismo. Se sintió un fracaso como esposo, como hombre, como proveedor. Los primeros meses después de su partida fueron los más difíciles. Jaume trabajaba como autómata, mecánicamente, sin sentir nada más que un vacío profundo en su pecho.
Dejó de comer regularmente. ¿Para qué molestarse en cocinar cuando estaba solo, una comida al día era suficiente, a veces ninguna? El dinero que ahorraba en comida lo usaba para pagar las deudas que Carmela había dejado antes de irse. Era su forma de mantener su dignidad, de demostrar que aunque ella lo hubiera considerado un fracaso, él era un hombre de honor. Era una noche de octubre, fría y lluviosa. Cuando su vida cambió para siempre, Jaume había trabajado hasta tarde, terminando la reparación de una transmisión que le había llevado todo el día.
Eran casi las 11 de la noche cuando finalmente cerró el cofre del auto y decidió llamarlo. Un día estaba cerrando la cortina metálica de su taller cuando escuchaba un ruido proveniente del callejón trasero, un ruido de latas que se volcaban seguido de voces bajas, susurros urgentes. Su primer pensamiento fue que eran ratas urgando en los contenedores de basura. Pero había algo en esas voces. Curioso y un poco preocupado de que fueran ladrones, Jaume caminó hacia el callejón con una linterna en mano.
La lluvia caía con fuerza, empapando su ropa en segundos. Iluminó el área detrás de los contenedores de basura y lo que vio lo quedó helado. Dos niños no podían tener más de 8 años. Estaban agachados junto a un contenedor volteado, revolviendo desesperadamente entre la basura. Estaban empapados hasta los huesos. Sus ropas arapientas pegadas a sus cuerpos flacos eran idénticos. El mismo cabello negro pegado a sus frentes, los mismos rostros delgados marcados por el hambre, los mismos ojos grandes llenos de miedo cuando la luz de la linterna los ilumina.
Por un momento, todos se quedaron congelados. Los niños lo miraban como animales asustados, listos para oír en cualquier momento. Gaume se dio cuenta de que tenían las manos llenas de desperdicios de comida, restos que habían rescatado de la basura. No, no les vamos a hacer nada malo, señor, tartamudeó uno de los niños, su voz temblando tanto por el frío como por el miedo. Solo, solo teníamos hambre. Ya nos vamos. Por favor, no llames a la policía. Algo se rompió dentro del pecho de Yaume.
En ese momento, toda la tristeza, toda la autocompasión que había sentido durante meses se evaporó instantáneamente. Aquí estaban dos niños, apenas mayores que bebés, urgando en la basura para encontrar algo que comer mientras él se había estado quejando de su vida. ¿Cuándo fue la última vez que comieron algo caliente?, preguntó Yaume suavemente, bajando la linterna para no cegarlos. Los niños se miraron entre sí, inseguros de cómo responder. Finalmente, el otro gemelo habló, su voz apenas audible sobre el ruido de la lluvia.
No, no lo sabemos, señor. Hace muchos días, Jaume sintió que su garganta se cerraba sin decir otra palabra, se quitó su chamarra y se acercó lentamente a los niños. Ellos retrocedieron, pero él levantó las manos en un gesto de paz. No les voy a hacer daño”, dijo firmemente, “pero tampoco voy a dejarlos aquí afuera con este frío y esta lluvia. Vengan conmigo, les voy a dar algo caliente de comer.” Los niños dudaron, mirándose entre sí, con esa comunicación silenciosa que solo los gemelos parecen tener.
Finalmente asintieron lentamente y permitieron que Yaume los cubriera con su chamarra. los llevó dentro de su taller, subió la pequeña estufa eléctrica que tenía en su oficina y lo sentó en las dos sillas disponibles. Luego corrió a la tienda de la esquina, que milagrosamente aún estaba abierta, y compró todo lo que pudo, pan, leche, huevos, frijoles, tortillas. Cuando regresó, encontró a los niños exactamente donde los había dejado, temblando, pero con los ojos fijos en la puerta, como si no pudiera creer que realmente hubiera regresado.
Jaume preparó rápidamente una comida sencilla, frijoles refritos con queso, huevos revueltos, tortillas calientes y leche tibia con chocolate. Ver a esos niños comer fue una de las experiencias más conmovedoras de su vida. Comían con una desesperación que rompía el corazón, como si temieran que la comida desapareciera en cualquier momento. Se llenaban la boca con bocados enormes, masticando apenas antes de tragar. Ya tuvo que detenerlos varias veces, preocupado de que se ahogar o enfermar por comer tan rápido.
Despacio, despacio les dicen suavemente. No se van a quedar sin comida. Hay suficiente para los dos. Tómense su tiempo. Poco a poco los niños comenzaron a relajarse. El calor de la estufa, la comida en sus estómagos, la amabilidad de este extraño hombre que no les había gritado ni los había echado. Todo esto parecía demasiado bueno para ser verdad. Cuando finalmente terminaron de comer, chame les dio toallas limpias para que se secaran y encontré algunas camisetas viejas que guardaba en su armario mientras ellos se cambiaban detrás de una cortina que improvisó con una sábana.
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