Eliseo y Bernat absorbieron cada lección como esponjas, agradecidos de tener algo que hacer, de sentirse útil. Cuando Yaume tenía trabajos pequeños, los dejaba ayudar, siempre supervisándolos de cerca. Por las noches, después de cerrar el taller, Yaume les leía historias de libros viejos que se encontraban en mercados de segunda mano. No era mucho, pero era más de lo que estos niños habían tenido en mucho tiempo. Una cama caliente, comida regular, alguien que se preocupaba por ellos, alguien que los trataba con amabilidad.
Los meses pasaron tres, cuatro, 5 meses. La rutina se volvió normal, casi natural. Los vecinos se acostumbraron a ver a los gemelos en el taller y algunos incluso comenzaron a traer ropa usada o juguetes viejos para ellos. Doña Lupita, la vendedora de tamales, a veces les regalaba tamales calientes. Don Roberto el tierno les daba dulces cuando sus padres, o más bien Jaume, no estaba mirando. La vida de Jaume también había cambiado. Ya no se sentía vacío o sin propósito.
Tenía una razón para levantarse cada mañana, una razón para trabajar duro, una razón para sonreír. Estos dos niños habían llenado el vacío que Carmela había dejado, no de la misma manera, pero de una forma igualmente significativa. Comenzó a soñar con adoptarlos oficialmente. Había estado ahorrando cada peso que podía, investigando sobre el proceso legal. No sería fácil que un hombre soltero con ingresos modestos tratara de adoptar a dos niños, pero estaba dispuesto a intentarlo. Estos niños se habían convertido en su familia y él se había convertido en el suyo.
Pero entonces llegó esa noche, la noche que cambió todo. Era mediados de abril, casi se meses después de aquella primera noche lluviosa. Xume había salido brevemente para comprar comida para la cena, dejando a Eliseo y Bernat en el taller como siempre. Cuando regresó, 20 minutos después, encontró dos vehículos oficiales estacionados frente a su taller y tres personas de servicios sociales dentro, hablando con los niños. “¿Qué está pasando aquí?”, exigió Yaume, dejando caer las bolsas de comida y corriendo hacia adentro.
Una mujer con una carpeta se volvió hacia él. ¿Es usted Jaume Hill Ortega el propietario de este establecimiento? Sí, soy yo. ¿Qué están haciendo con mis con estos niños? Señor Hill, recibimos un reporte anónimo de que había dos menores viviendo en condiciones inadecuadas en este taller mecánico, que hemos confirmado que estos niños son Eliseo y Bernat Herrera Vázquez, reportados como desaparecidos hace 6 meses. Estamos aquí para llevarnos a un refugio apropiado mientras investigamos esta situación. ¡No! Gritó Yaume, su voz quebrándose.
No pueden llevárselos. Yo los estoy cuidando. ¿Están bien? ¿Están seguros? Señor Hill, entiendo que sus intenciones pueden haber sido buenas, pero estos niños necesitan estar en un ambiente apropiado con supervisión adecuada. No puede simplemente tener niños viviendo en un taller mecánico sin la autorización legal correspondiente. Eliseo y Bernat corrieron hacia Jaume, aferrándose a él con todas sus fuerzas. Por favor, no queremos irnos. El señor Yaume nos cuida bien. No nos hagamos irnos. Las lágrimas corrieron por las mejillas de los niños y Yaume los abrazó con fuerza, su propio rostro mojado por el llanto.
“Está bien, está bien”, le susurró, aunque su voz temblaba. Va a estar bien, pero no estuvo bien. A pesar de sus protestas, a pesar de sus súplicas, los oficiales de servicios sociales separaron a los niños de Yaume. Fue una de las escenas más desgarradoras que los vecinos que observaban habían presenciado jamás. Los niños gritaban y lloraban extendiendo sus brazos hacia Yaume mientras los llevaban hacia los vehículos. Xiaomaba de seguirlos, pero los oficiales lo detuvieron. Señor Hill, por favor, no haga esto más difícil.
Le contactaremos para una entrevista oficial. Si realmente quiere ayudar a estos niños, coopere con nosotros, volveremos. Don Shume. Gritó Eliseo a través de sus lágrimas. Lo prometo, volveremos. No lo olvides. Por favor, no nos olvides, añadió Bernat, su voz casi histérica de pánico. Nunca, nunca los olvidaré, gritó Yaume de vuelta. Su voz rota por la emoción. Los voy a encontrar. No se rindan. Y entonces se los llevaron. Xaume se quedó parado en medio de la calle, viendo cómo los vehículos se alejaban, llevándose a los dos niños que habían dado significado a su vida durante los últimos 6 meses.
Esa noche Jaume no durmió. Al día siguiente comenzó su búsqueda. Fue a cada oficina de servicios sociales, a cada refugio, a cada institución que pudiera tener información sobre los gemelos, pero era como si se hubieran desvanecido en el aire. Las leyes de privacidad impedían que le dieran información específica. Y cuando finalmente logró hablar con alguien que sabía algo, solo le dijeron que los niños habían sido transferidos a otra institución fuera de la ciudad. Buscó durante meses, durante años.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.