Cuando Lucía, mi hija de cinco años, levantó el dedo y señaló la casa de color amarillo pálido al otro lado de nuestra calle tranquila, en un barrio de Puebla, no le di demasiada importancia al principio.
Hasta que dijo, con una seguridad que no correspondía a su edad, que había visto a su hermano desaparecido sonriéndole desde detrás de la ventana.
En ese instante, sentí que algo dentro de mí volvía a romperse.
Me pregunté si la desesperación podía torcer la mente de un niño de esa forma.
O si, en aquel vecindario silencioso y aparentemente normal, había algo que nunca se había ido del todo.
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