Había pasado un mes desde que Mateo desapareció.
Tenía ocho años.
Aquel día regresaba de la escuela en bicicleta.
Una calle conocida.
Una curva suave.
Un camión avanzando lentamente delante de él.
Y luego… nada.
Mateo nunca volvió a casa.
No hubo accidente.
No hubo testigos claros.
No hubo cuerpo.
Solo el silencio de la policía,
las búsquedas que no llevaban a ningún lado,
y la misma frase, repetida con una calma que dolía:
—Nos comunicaremos si hay alguna novedad.
Nuestra casa quedó suspendida en un estado extraño.
No era exactamente luto.
Era espera.
La habitación de Mateo seguía intacta.
Su mochila colgaba detrás de la puerta.
El lego permanecía a medio armar sobre el escritorio.
Todo parecía decir que podía volver en cualquier momento.
Como si el tiempo se hubiera detenido justo antes de su ausencia.
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