Abrió una mujer.
—Soy Ana —dijo.
Cuando le expliqué que mi hija veía a un niño en su ventana, Ana suspiró suavemente, como si ya lo hubiera imaginado.
—Debe estar hablando de Diego —dijo—. Es mi sobrino. Tiene ocho años.
Su mamá está en tratamiento en Ciudad de México, así que se queda con nosotros por un tiempo.
Ocho años.
Sentí un nudo apretarse en el pecho.
—Mi hijo… también tiene ocho —dije—. Y está desaparecido.
Ana guardó silencio.
Luego habló en voz baja:
—Diego me contó que una niña del otro lado de la calle lo miraba durante mucho tiempo.
No había fantasmas.
No había milagros.
Solo dos familias, unidas por una coincidencia dolorosa
y una esperanza que todavía se resistía a apagarse.
Días después, Lucía y Diego jugaban juntos en el patio.
Lucía reía.
Por primera vez en semanas.
Esa noche, apoyó la cabeza en mi hombro.
—Mamá… si Mateo todavía no encuentra el camino a casa, al menos…
sabe que lo estamos esperando, ¿verdad?
La abracé con fuerza.
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