Pero últimamente, algo se sentía diferente. Me miraba con preocupación, no con romanticismo.
Una tarde se dejó los guantes. Supuse que estaba en el garaje y fui a dárselos. La puerta estaba entreabierta. Había polvo flotando en la luz.
Dentro, cada pared estaba cubierta de retratos de una mujer: riendo, llorando, durmiendo, envejeciendo. En las esquinas había fechas. Algunas eran futuras.
Bajé una. "¿Quién es?"
Henry estaba detrás de mí. "Te pedí que no entraras".
"¿Quién es esta mujer?"
Tragó saliva. "Pinto para retener el tiempo".
Salí temblando.
Días después, lo vi sacar dinero de la caja fuerte y marcharse con su chaqueta buena. Lo seguí. Fue a una clínica neurológica privada.
Desde el pasillo, oí al médico decir: "Su condición está progresando más rápido de lo esperado".
"¿Cuánto tiempo?", preguntó Henry.
"De tres a cinco años antes de un deterioro grave".
"¿Y después de eso?"
"Puede que no reconozca a sus hijos. Posiblemente a ti no".
Hablaban de mí.
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