Laura siempre había imaginado el baby shower como un paréntesis de calma antes del torbellino de la maternidad. Tenía treinta y un años, trabajaba como contable en una pequeña empresa de Valencia y, aunque estaba nerviosa, se repetía que aquel día era para celebrar. Daniel, su marido, había insistido en organizarlo en casa de su hermana Marta porque era más amplio y “así todos estarían cómodos”. Laura aceptó por una razón simple: quería evitar conflictos con Ricardo, su suegro, un hombre de voz fuerte y opiniones afiladas que nunca se había tomado en serio los límites.
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