ADVERTISEMENT

“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT

—¡Cúbreme! —me gritó Lily.

—¿Con qué? —chillé.

—¡Con lo que sea!

El hombre ileso avanzaba hacia nosotras. Vi sus botas negras rodear la mesa. Iba a ejecutarnos.

No pensé. El instinto animal se apoderó de mí. Agarré una de las pesadas CPUs de ordenador que había en el suelo y, aprovechando que el humo dificultaba la visión, me levanté y la arrojé con todas mis fuerzas por encima de la mesa.

El ordenador golpeó al soldado en el pecho, desequilibrándolo por un segundo. Fue suficiente.

Lily se levantó y disparó dos veces más. El hombre cayó al suelo, inmóvil.

Pero el primero, el que estaba herido en el hombro, se había recuperado. Levantó su rifle apuntando directamente al pecho de Lily.

—¡No! —grité.

Me abalancé sobre él con la barra de hierro. El hombre giró el cañón hacia mí, pero fui más rápida, impulsada por una desesperación que ninguna instrucción militar podía replicar. Golpeé el cañón del rifle, desviando el disparo que perforó el muro de hormigón, y luego descargué la barra sobre su casco. El hombre se desplomó como un saco de patatas.

El silencio volvió al sótano, roto solo por nuestros jadeos y el pitido en mis oídos.

Lily me miraba, con la boca abierta, la pistola colgando de su mano.

—Wow, mamá —murmuró.

—Límpiate la cara —dije, tirando la barra al suelo, mis manos temblando incontrolablemente—. Nos vamos.

Salimos del molino hacia la noche fría. No había más perseguidores cerca; esos dos debían ser la avanzadilla. Pero sabíamos que vendrían más.

Corrimos hacia el río, donde Lily dijo que Leo había escondido una barca vieja. Mientras remábamos corriente abajo, alejándonos de las luces del suburbio, de mi casa, de mi hipoteca, de la Sra. Greene y de mi vida anterior, vi cómo Lily lanzaba su teléfono al agua oscura.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, su voz pequeña y frágil otra vez. Se acurrucó contra mí, buscando calor.

La abracé, sintiendo el peso de la pistola en su bolsillo contra mi cadera. Miré hacia atrás, hacia la vida que dejábamos. Sabía que nos buscarían. Sabía que el Proyecto Crisálida no se detendría. Pero habían cometido un error de cálculo fatal.

Habían intentado eliminar mi empatía, mi vínculo materno, creyendo que eso me haría débil. No entendieron que el amor de una madre no es solo suavidad y abrazos. Es también dientes, garras y una violencia primitiva cuando su cría está amenazada.

—Ahora —dije, mirando hacia la oscuridad del río que nos llevaba hacia un futuro incierto—, vamos a buscar a los otros padres. Vamos a encontrar a Leo y a Sarah. Y luego…

Lily levantó la vista, esperando mi decisión.

—Luego dejaremos de huir —concluí, sintiendo una nueva y fría determinación asentarse en mi pecho—. Ellos querían crear armas, Lily. Pues bien, lo han conseguido. Solo que ahora, el arma apunta hacia ellos.

Lily sonrió. Fue una sonrisa triste, cansada, pero genuina. Apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos.

El agua nos mecía suavemente mientras la corriente nos llevaba lejos, hacia la oscuridad, hacia la guerra, hacia nuestra nueva vida. Ya no éramos Olivia y Lily, la madre divorciada y la estudiante modelo. Éramos supervivientes. Y estábamos juntas.

[FIN]

El sonido de la madera crujiendo en las escaleras fue lo único que rompió el silencio tras el susurro de Lily. Uno, dos, tres pares de pies. Quizás cuatro. El peso de cada paso resonaba en el suelo como un martillazo directo a mis nervios. Apreté los párpados, tratando de fundirme con el suelo, rezando para que el polvo acumulado bajo el somier no me provocara un estornudo que delatara mi posición.

—¿Estás segura de que no volverá? —preguntó una voz masculina. Sonaba joven, en plena pubertad, con ese tono quebradizo que oscila entre lo grave y lo agudo.

—Ya te lo he dicho, Leo. —La voz de Lily era diferente a la que yo conocía. No había dulzura, ni esa vacilación típica de la adolescencia. Era fría, cortante, autoritaria—. Mamá es un reloj suizo. Entra a trabajar a las ocho, tiene su descanso a las doce y no cruza esa puerta hasta las cinco y media. Deja de lloriquear.

Sentí una náusea repentina. ¿Esa era mi hija? ¿La niña que la noche anterior me había pedido que le preparara chocolate caliente porque tenía frío?

Los pasos llegaron al rellano y, para mi horror, giraron directamente hacia su habitación. Hacia donde yo estaba.

Vi los primeros zapatos entrar en mi campo de visión, limitados por el marco de la cama. Unas zapatillas deportivas negras, desgastadas y llenas de barro seco. Luego, unas botas de estilo militar, demasiado grandes para quien las llevaba. Y finalmente, las zapatillas blancas inmaculadas de Lily. Esas que yo misma le había comprado hace dos semanas como premio por sus buenas notas.

—Cierra la puerta —ordenó Lily.

El clic de la cerradura resonó como un disparo. Ahora estaba atrapada. Si miraban debajo de la cama, no tenía escapatoria. No había ventana abierta, no había excusa posible.

—Sacadlo. Quiero verlo —dijo Lily. Se sentó en el borde de la cama, justo encima de mi cabeza. El colchón se hundió ligeramente, presionando contra mi hombro. Podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y fresa, el mismo aroma inocente de siempre, pero ahora mezclado con el hedor acre del miedo que emanaba de mis propios poros.

Oí el sonido de una cremallera pesada, como la de una mochila de deporte, siendo abierta con brusquedad. Luego, el ruido de algo metálico chocando contra el suelo de madera. Y papel. Mucho papel.

—Está todo aquí —dijo el chico de las botas—. La casa de los Johnson, la de la Sra. Greene y la del tipo nuevo de la esquina.

—¿La Sra. Greene? —La voz de Lily destilaba desprecio—. Esa vieja entrometida es la prioridad. Casi me pilla el otro día. Se está volviendo un problema.

Mi corazón se detuvo un instante. ¿La Sra. Greene? ¿Qué le estaban haciendo?

—¿Qué hacemos con ella, Lil? —preguntó una tercera voz, femenina esta vez, temblorosa—. No quiero… ya sabes, no quiero que nadie salga herido de verdad. Dijimos que solo era entrar y salir.

—Cállate, Sarah —espetó Lily. El colchón crujió cuando se inclinó hacia adelante—. Nadie sale herido si hacen lo que deben. Pero la vieja Greene tiene ojos en todas partes. Necesitamos asustarla. O al menos, asegurarnos de que deje de mirar por la ventana.

Desde mi escondite, vi cómo una mano dejaba caer algo al suelo, cerca de las zapatillas de Lily. Era una palanca. Una palanca de hierro, oxidada en la punta. Y junto a ella, cayeron varios fajos de billetes sujetos con gomas elásticas, y lo que parecían ser joyas: un reloj de oro, varios collares de perlas, anillos con piedras que brillaban incluso en la penumbra bajo la cama.

Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. No estaban faltando a clase para fumar cigarrillos o beber cerveza robada. Mi hija, mi pequeña Lily, estaba dirigiendo una banda de ladrones. Estaban desvalijando el vecindario.

—¿Cuánto sacamos de la casa del 42? —preguntó Lily, moviendo los pies con impaciencia.

—Unos tres mil en efectivo. Y el joyero —respondió el chico de las zapatillas sucias—. Pero el perro casi nos oye. Tuvimos que darle la carne que trajiste.

—Bien. Mientras no ladre, me da igual lo que coma.

Hubo un silencio tenso. Pude ver cómo las botas militares se movían nerviosamente.

—Lil… —empezó el chico, Leo—. Hay un problema.

—¿Qué?

—En la casa del 42… encontramos esto.

Hubo un rumor de papeles siendo desplegados. Traté de estirar el cuello, de ver algo más que tobillos y suelas, pero el ángulo era imposible.

—¿Qué es esto? —preguntó Lily. Su voz bajó de tono, perdiendo la agresividad para tornarse en algo más oscuro, más calculador.

—Estaba en la caja fuerte, junto al dinero. Son fotos, Lil. Fotos de… nosotros.

El aire en la habitación pareció volverse de hielo.

—¿De nosotros? —repitió ella.

—Sí. Mira. Esa eres tú saliendo de la escuela. Esa soy yo en el parque —dijo la chica, Sarah—. Y hay fechas escritas detrás. Alguien nos estaba vigilando antes de que nosotros empezáramos a vigilarlos a ellos.

Lily se levantó de la cama de un salto. Sus zapatillas blancas caminaron frenéticamente de un lado a otro frente a mi nariz.

—¡Dame eso! —Gritó, arrancando los papeles de las manos del otro—. Esto no tiene sentido. El tipo del 42 es un contable aburrido que vive solo. ¿Por qué tendría fotos mías?

—Quizás sabe… —empezó Leo.

—¡Nadie sabe nada! —cortó Lily—. Somos fantasmas. Entramos cuando no están, salimos sin dejar huellas. Usamos guantes, cubrimos las cámaras. Nadie sabe nada.

—Pero esto demuestra que sí saben —insistió Sarah, su voz al borde del llanto—. Lil, tengo miedo. Si saben quiénes somos… podrían ir a la policía. O peor.

—Nadie va a ir a la policía con esto —dijo Lily lentamente, y el tono de su voz me heló la sangre. Era el tono de un adulto peligroso, no el de una niña de trece años—. Porque si él nos estaba vigilando, significa que él también tiene algo que esconder. Algo mucho peor que unos cuantos robos.

De repente, el teléfono de Lily sonó. No era su tono habitual, esa canción pop pegadiza que sonaba a todas horas. Era un zumbido seco, vibrante.

—Silencio —ordenó.

Vi cómo sus zapatillas se detenían.

—¿Sí? —contestó ella. Hubo una pausa larga—. Sí, ya tenemos el paquete… No, hubo un imprevisto… Encontramos algo más… No, no por teléfono… Está bien. En una hora. En el lugar de siempre.

Colgó.

—Recoged todo —dijo, volviendo a su tono de mando—. Tenemos que irnos. El Comprador quiere vernos antes.

—¿Qué hacemos con las fotos? —preguntó Leo.

—Nos las llevamos. Y la palanca también. Si el del 42 nos estaba siguiendo, vamos a tener que hacerle una visita especial esta noche.

—¿Esta noche? —chilló Sarah—. ¡Pero mis padres…!

—Tus padres creerán que estás durmiendo en casa de Emma, como siempre. ¡Moveos! ¡Ya!

El frenesí de movimiento se reanudó. Manos jóvenes recogiendo el botín del suelo, el sonido de las cremalleras cerrándose, el tintineo de las joyas desapareciendo en las mochilas.

—Espera —dijo de pronto el chico de las botas—. Se me ha caído un pendiente. Rodó hacia allá.

Vi una mano grande y callosa bajar hacia el suelo. Hacia la oscuridad debajo de la cama.

Mis pulmones ardían por la falta de aire. Me pegué contra la pared del fondo, encogiendo las piernas tanto como pude, rogando que las sombras fueran suficientes.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT