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“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar

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La mano tanteó la alfombra. Los dedos rozaron una pelusa a escasos centímetros de mi nariz. Si movía la cabeza, me vería. Si respiraba fuerte, me oiría.

—¿Lo tienes o no? —gruñó Lily desde la puerta.

—No lo veo… espera.

Los dedos del chico avanzaron un poco más. Rozaron la tela de mi manga.

Me quedé paralizada, esperando el grito, esperando el descubrimiento. Mi mente, en un acto de desesperación, ya estaba calculando cómo salir, cómo enfrentarme a tres adolescentes, cómo explicar por qué estaba espiando a mi propia hija.

—¡Déjalo! —ordenó Lily—. Es solo una baratija. Vámonos, llegamos tarde.

La mano se detuvo. Dudó un segundo. Los dedos se cerraron en un puño y se retiraron.

—Vale, vale. Ya voy.

El chico se levantó. Vi cómo las botas se alejaban.

—Vamos por la puerta trasera —dijo Lily—. Y limpiad vuestros zapatos en la alfombra antes de salir. Si mi madre ve barro en el pasillo, se pondrá histérica con la limpieza.

La ironía de su comentario casi me hizo soltar una risa histérica. Le preocupaba que me enfadara por el barro, no por el hecho de que era la cabecilla de una banda criminal.

Salieron de la habitación. Escuché sus pasos bajar las escaleras, esta vez más rápidos, menos cautelosos. Oí la puerta trasera abrirse y cerrarse. El clic del cerrojo automático.

Y luego, silencio.

Un silencio denso, pesado, que se sentía como una losa sobre mi pecho.

Esperé dos minutos completos. Luego cinco. Solo cuando estuve absolutamente segura de que se habían ido, me atreví a exhalar. El aire salió de mis pulmones en un sollozo entrecortado.

Salí de debajo de la cama arrastrándome como un animal herido. Mis extremidades estaban entumecidas, pero no sentía el dolor físico. Mi mente estaba hecha añicos.

Me puse de pie y miré la habitación. Estaba igual que antes. Impecable. Ordenada. La habitación de una niña modelo. Pero ahora, cada peluche, cada libro en la estantería, me parecía una mentira. Un decorado diseñado para engañarme.

Mi mirada cayó al suelo, donde el chico había estado buscando el pendiente. Allí, medio oculto por la pata de la cama, había quedado un trozo de papel. Debía haberse caído de la carpeta cuando Lily se la arrebató a Leo.

Me agaché y lo recogí con manos temblorosas. Era una fotografía impresa en papel normal.

En la imagen, granulada y tomada desde cierta distancia con un teleobjetivo, se veía a Lily. Estaba de pie en una esquina de la calle, hablando con un hombre alto que estaba de espaldas a la cámara. El hombre llevaba un abrigo gris largo. Pero lo que me hizo detener el corazón no fue el hombre.

Fue lo que Lily tenía en la mano en la foto.

Una pistola.

Y no parecía asustada. Parecía estar examinándola, sopesándola, con la misma frialdad con la que examinaría una fruta en el supermercado.

Le di la vuelta al papel. Había algo escrito con rotulador rojo, una caligrafía angulosa y agresiva:

*PROYECTO CRISÁLIDA – SUJETO 1: ACTIVO.*

El mundo empezó a dar vueltas. Me senté en la cama de mi hija, arrugando la foto en mi mano. ¿Sujeto 1? ¿Activo? ¿Qué demonios estaba pasando?

Lily había mencionado un “Comprador”. Habían hablado del vecino del 42. Y ahora esto.

Tenía que ir a la policía. Era lo lógico, lo sensato. Pero una voz en mi cabeza me detuvo. Lily había dicho que el vecino del 42 tenía fotos de ellos. Que él sabía. Y si iba a la policía… ¿y si la policía estaba involucrada? O peor, ¿y si al denunciarla perdía a mi hija para siempre, encerrada en un correccional o llevada por quienquiera que estuviera detrás de este “Proyecto Crisálida”?

No. Tenía que averiguar qué era esto antes de actuar.

Recordé lo que habían dicho. *La casa del 42. El contable aburrido.*

Me levanté. Mis piernas ya no temblaban. El miedo había sido reemplazado por una determinación fría, una furia maternal que no sabía que poseía. Nadie iba a convertir a mi hija en un monstruo. Y si ya lo era, yo iba a descubrir quién la había transformado.

Miré el reloj. Eran las 10:15 a. m. Lily había dicho que se reunirían con el Comprador en una hora. Eso me daba tiempo.

Fui a mi habitación, saqué una vieja caja de herramientas del armario y cogí un destornillador y una linterna. Luego, bajé las escaleras, asegurándome de cerrar todo con llave.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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