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“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar

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Me puse de pie y miré la habitación. Estaba igual que antes. Impecable. Ordenada. La habitación de una niña modelo. Pero ahora, cada peluche, cada libro en la estantería, me parecía una mentira. Un decorado diseñado para engañarme.

Mi mirada cayó al suelo, donde el chico había estado buscando el pendiente. Allí, medio oculto por la pata de la cama, había quedado un trozo de papel. Debía haberse caído de la carpeta cuando Lily se la arrebató a Leo.

Me agaché y lo recogí con manos temblorosas. Era una fotografía impresa en papel normal.

En la imagen, granulada y tomada desde cierta distancia con un teleobjetivo, se veía a Lily. Estaba de pie en una esquina de la calle, hablando con un hombre alto que estaba de espaldas a la cámara. El hombre llevaba un abrigo gris largo. Pero lo que me hizo detener el corazón no fue el hombre.

Fue lo que Lily tenía en la mano en la foto.

Una pistola.

Y no parecía asustada. Parecía estar examinándola, sopesándola, con la misma frialdad con la que examinaría una fruta en el supermercado.

Le di la vuelta al papel. Había algo escrito con rotulador rojo, una caligrafía angulosa y agresiva:

*PROYECTO CRISÁLIDA – SUJETO 1: ACTIVO.*

El mundo empezó a dar vueltas. Me senté en la cama de mi hija, arrugando la foto en mi mano. ¿Sujeto 1? ¿Activo? ¿Qué demonios estaba pasando?

Lily había mencionado un “Comprador”. Habían hablado del vecino del 42. Y ahora esto.

Tenía que ir a la policía. Era lo lógico, lo sensato. Pero una voz en mi cabeza me detuvo. Lily había dicho que el vecino del 42 tenía fotos de ellos. Que él sabía. Y si iba a la policía… ¿y si la policía estaba involucrada? O peor, ¿y si al denunciarla perdía a mi hija para siempre, encerrada en un correccional o llevada por quienquiera que estuviera detrás de este “Proyecto Crisálida”?

No. Tenía que averiguar qué era esto antes de actuar.

Recordé lo que habían dicho. *La casa del 42. El contable aburrido.*

Me levanté. Mis piernas ya no temblaban. El miedo había sido reemplazado por una determinación fría, una furia maternal que no sabía que poseía. Nadie iba a convertir a mi hija en un monstruo. Y si ya lo era, yo iba a descubrir quién la había transformado.

Miré el reloj. Eran las 10:15 a. m. Lily había dicho que se reunirían con el Comprador en una hora. Eso me daba tiempo.

Fui a mi habitación, saqué una vieja caja de herramientas del armario y cogí un destornillador y una linterna. Luego, bajé las escaleras, asegurándome de cerrar todo con llave.

Salí a la calle. El sol brillaba, los pájaros cantaban. El suburbio parecía tan idílico como siempre. La Sra. Greene estaba en su porche regando las petunias. Me vio salir y me saludó con la mano, pero esta vez noté la preocupación en sus ojos. Ella sabía algo. Quizás no todo, pero sabía que algo oscuro rondaba nuestra calle. Asentí levemente hacia ella, una promesa silenciosa de que me ocuparía del asunto, y giré hacia la izquierda.

Hacia la casa número 42.

La casa era idéntica a la mía en estructura, pero con las persianas bajadas y el césped un poco más descuidado. No había coche en la entrada. Si Lily tenía razón y el hombre vivía solo, probablemente estaba trabajando. O vigilando a otros niños.

Caminé hacia la puerta principal, toqué el timbre y esperé. Nada. Volví a tocar. Silencio.

Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me observaba, salté la pequeña valla lateral y fui hacia la parte trasera. Una ventana de la cocina estaba entreabierta. “Entramos cuando no están, salimos sin dejar huellas”, había dicho Lily. La ironía de estar a punto de cometer un allanamiento para salvar a mi hija de ser una ladrona no se me escapó.

Forcé la mosquitera con el destornillador y empujé la ventana hacia arriba. Estaba dura, pero cedió. Me izé con dificultad y caí torpemente sobre el fregadero de la cocina ajena.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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