La casa olía a cerrado, a café rancio y a productos químicos, como los que se usan para revelar fotos.
Avancé por el pasillo. El salón era espartano. Muebles básicos, sin decoración, sin fotos familiares. Todo funcional. Como si quien viviera aquí estuviera listo para irse en cualquier momento.
Busqué la habitación que pudiera servir de oficina. La encontré al final del pasillo. La puerta estaba cerrada con llave, pero era una cerradura interior barata. Una patada fuerte cerca del pomo —algo que había visto en películas y nunca creí que funcionaría— hizo saltar el mecanismo con un chasquido de madera astillada.
Entré.
Las paredes estaban cubiertas.
No había ni un centímetro de pintura visible. Todo estaba tapizado con fotografías. Cientos de ellas.
Me acerqué, sintiendo cómo el estómago se me revolvía.
Eran fotos de niños. Todos adolescentes del barrio. Vi al chico de las botas, Leo. A la chica, Sarah. Y a muchos otros que reconocía de vista, amigos de la escuela, hijos de vecinos.
Y en el centro, ocupando el lugar de honor, la pared más grande estaba dedicada enteramente a Lily.
Lily en el parque. Lily durmiendo (tomada a través de la ventana de su habitación). Lily en la escuela. Y luego, una serie de fotos más perturbadoras: Lily recibiendo dinero de un hombre en un coche negro. Lily entregando un paquete. Lily… disparando en un campo de tiro en medio del bosque.
Pero lo que más me aterró no fueron las fotos. Fue el mapa que había sobre el escritorio.
Era un plano detallado de la ciudad. Había líneas rojas que conectaban diferentes casas. La nuestra estaba marcada con un círculo rojo brillante. Y al lado del círculo, una nota escrita a mano:
*FASE 1 COMPLETADA. EL SUJETO HA ELIMINADO LA EMPATÍA. PREPARAR FASE 2: ELIMINACIÓN DEL VÍNCULO MATERNO.*
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
“Eliminación del vínculo materno”.
Eso significaba yo.
Lily no solo estaba robando. Estaba siendo entrenada, condicionada. Y la siguiente prueba, el siguiente paso en este macabro “Proyecto Crisálida”, era deshacerse de mí.
De repente, escuché el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose.
Me quedé helada en medio de la habitación, rodeada por las miles de caras de mi hija observándome desde las paredes.
—¿Hola? —llamó una voz masculina. Profunda. Calmada.
El vecino del 42 había vuelto.
Miré a mi alrededor buscando un escondite, pero esta habitación no tenía cama, ni armario. Solo el escritorio y las paredes acusadoras.
Los pasos se acercaban por el pasillo. Lentos. Metódicos. Sabía que alguien había entrado. Había visto la ventana, o la puerta forzada de la oficina.
No tenía salida.
Agarré el destornillador con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Si este hombre quería eliminarme, no se lo iba a poner fácil.
La figura apareció en el marco de la puerta. Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de montura metálica y aspecto inofensivo. El tipo de hombre que olvidarías cinco segundos después de verlo. Pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos negros, carentes de cualquier emoción humana.
Me miró. Miró el destornillador en mi mano. Y luego sonrió, una sonrisa triste y cansada.
—Sra. Carter —dijo suavemente—. Llegas antes de lo previsto. Esperaba que Lily se encargara de esto antes de que tuvieras que ver… el trasfondo.
—¿Qué le ha hecho a mi hija? —gruñí, levantando el destornillador como una daga.
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