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“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar

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Él suspiró y se ajustó las gafas.

—Yo no le he hecho nada, Olivia. Solo estoy documentando el proceso. No soy el creador. Soy el observador.

—¿Observador de qué? ¡Aléjese!

El hombre dio un paso hacia dentro, cerrando parcialmente la puerta detrás de él.

—De la evolución. Su hija es especial. Muy especial. Tiene una capacidad innata para la disociación moral que no habíamos visto en décadas. Es perfecta para el programa.

—¡Es una niña! —grité.

—Era una niña —corrigió él—. Ahora es un activo. Y me temo que usted se ha convertido en un pasivo.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

No esperé a ver qué sacaba. Me lancé hacia él con un grito de pura desesperación, clavando el destornillador hacia su hombro.

El hombre se movió con una velocidad antinatural, esquivando el golpe y agarrando mi muñeca con una fuerza de acero. Me retorció el brazo y el destornillador cayó al suelo. Me empujó contra el escritorio, haciéndome chocar contra el mapa y las notas sobre mi propia muerte.

—No quiero hacerle daño, Olivia —dijo, inmovilizándome—. De verdad que no. Se supone que debe ser Lily quien lo haga. Es parte de su graduación. Si lo hago yo, invalidará los datos.

—¡Está loco! —jadeé, luchando inútilmente contra su agarre.

—Quizás. Pero mire las fotos. Mire a su hija. ¿Ve miedo en sus ojos? ¿Ve remordimiento? No. Ella disfruta del poder. Nosotros solo le dimos un canal para expresarlo.

De repente, un estruendo de cristales rotos vino desde la parte delantera de la casa.

El hombre se tensó, girando la cabeza hacia el pasillo. Su agarre se aflojó por una fracción de segundo.

—¡Policía! —gritó una voz no muy lejana, pero no sonaba como la policía. Sonaba joven. Forzada.

El hombre del 42 frunció el ceño. —¿Qué…?

Aproveché su confusión. Le di un rodillazo en la ingle con todas mis fuerzas. Él gruñó y se dobló. Me solté, agarré una pesada grapadora de metal del escritorio y la estrellé contra su sien.

Cayó al suelo, aturdido, sangrando.

No me quedé a comprobar si estaba inconsciente. Salí corriendo de la habitación, hacia el pasillo.

Allí, en el salón, de pie sobre los restos de la ventana delantera que acababa de romper con un ladrillo, estaba Lily.

Pero no estaba sola. Detrás de ella estaban Leo, Sarah y otros dos chicos que no conocía. Todos llevaban máscaras de esquí, pero reconocí sus ropas. Y todos llevaban bates de béisbol, barras de hierro… y Lily, en el centro, empuñaba la pistola que había visto en la foto.

Me detuve en seco al final del pasillo.

Lily me vio. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de la máscara, que se había subido a la frente. La pistola apuntaba vagamente hacia el suelo, pero su dedo estaba cerca del gatillo.

—¿Mamá? —dijo. Su voz volvió a ser la de una niña, llena de confusión y pánico real—. ¿Qué haces aquí?

Detrás de mí, escuché al hombre del 42 gemir y tratar de levantarse.

—Lily… —empecé, con la voz quebrada, levantando las manos—. Ese hombre… él tiene fotos. Él dice que tú…

Lily miró por encima de mi hombro, hacia la puerta de la oficina donde el hombre estaba apareciendo, con sangre bajando por su cara.

La expresión de Lily cambió en un instante. La confusión desapareció. La niña desapareció. La frialdad regresó, más intensa que nunca.

Levantó el arma. No me apuntó a mí. Apuntó por encima de mi hombro, directamente a la cabeza del vecino.

 


—Te dije que no te acercaras a mi madre —dijo Lily, con una calma aterradora.

—Sujeto 1, baja el arma —dijo el hombre, jadeando, apoyándose en el marco de la puerta—. Esto es una desviación del protocolo. Debes eliminar el vínculo, no al observador.

—El protocolo ha cambiado —respondió ella.

—Lily, ¡no! —grité, lanzándome hacia ella para cubrir su línea de tiro.

—¡Mamá, muévete! —bramó ella, una orden militar.

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