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“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar

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—Nuestra base de operaciones —dijo Lily, soltando mi mano para ir a bloquear la entrada desde dentro con una barra de hierro—. Aquí es donde planeamos los trabajos. Y donde nos escondemos cuando las cosas se ponen feas.

Se giró hacia mí. La luz del móvil proyectaba sombras alargadas sobre su rostro, haciéndola parecer mucho mayor de trece años. Se quitó la máscara de esquí y la tiró al suelo. Debajo, su cara estaba sucia, con un rasguño en la mejilla, pero sus ojos… esos eran los ojos de mi hija. Ojos que ahora me miraban con una mezcla de vergüenza y desafío.

—¿Por qué, Lily? —pregunté, mi voz temblando por la adrenalina y el dolor—. ¿Por qué hacías esto? ¿Robar casas? ¿Armas?

Ella se dejó caer en una silla de camping vieja.

—No empezamos robando, mamá. Empezamos buscando. —Se pasó una mano por el pelo—. Hace seis meses, un hombre se acercó a mí en el parque. Dijo que yo era especial. Que tenía “potencial”. Me ofreció dinero por hacer cosas simples: vigilar una casa, entregar un paquete. Pensé que era fácil. Quería comprarme mis propias cosas, ayudar en casa sin pedírtelo…

—Deberías habérmelo dicho.

—¡No podía! —gritó ella, y su voz resonó en las paredes de hormigón—. Cuando me di cuenta de lo que eran… ya me tenían. Me mostraron fotos tuyas entrando al trabajo. Fotos tuyas durmiendo. Dijeron que si dejaba el programa, tú tendrías un “accidente”.

Sentí un frío glacial en el estómago.

—Así que recluté a Leo y a Sarah —continuó, bajando la voz—. Ellos también estaban atrapados. Decidimos que si hacíamos lo que nos pedían, si éramos los mejores “activos” que tenían, no os harían daño. Pero empezamos a guardar cosas. Dinero. Joyas. Y archivos. Buscábamos una salida.

—El vecino del 42… el Observador… dijo que tu prueba final era eliminarme.

Lily asintió lentamente, las lágrimas volviendo a sus ojos. —Esta mañana recibí la orden. “Cortar el vínculo”. Me dieron la pistola. Me dijeron que si no lo hacía yo esta noche, ellos vendrían y nos matarían a las dos.

Se levantó y se acercó a mí, agarrando mis manos. Sus dedos estaban helados.

—Iba a ir a por él, mamá. Iba a matar al Observador antes de que él pudiera dar la orden al equipo de limpieza. Pero tú… tú tenías que ir a hacer de detective.

—Soy tu madre —dije, apretando sus manos—. Es mi trabajo protegerte, aunque sea de ti misma.

—Ya no —susurró ella—. Ahora estamos en su lista de exterminio. El Proyecto Crisálida no deja cabos sueltos.

De repente, un golpe sordo resonó sobre nuestras cabezas. Pasos. Pesados y lentos.

Lily apagó la luz del móvil instantáneamente. Nos quedamos en la oscuridad total, escuchando cómo el polvo caía del techo.

—Nos han encontrado —susurré al oído de Lily.

—No deberían… a menos que… —Lily se palpó el bolsillo. Sacó su teléfono. La pantalla brillaba tenue—. Maldita sea. El rastreador. Pensé que lo había desactivado.

—¿Qué hacemos?

Lily volvió a empuñar la pistola. El sonido del seguro quitándose fue ensordecedor en el silencio.

—Hay una salida por el túnel de desagüe. Lleva al río. Tienes que irte, mamá. Yo los entretendré.

—Ni hablar —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. No te voy a dejar. Si salimos, salimos juntas.

—Mamá, son asesinos entrenados. No tienes ninguna oportunidad.

Recordé la sensación de la grapadora impactando contra la sien del Observador. Recordé la furia que sentí al ver las fotos en la pared.

—Puede que no tenga entrenamiento, Lily —dije, buscando en la oscuridad hasta que mi mano se cerró en torno a la barra de hierro que usaban para atrancar la puerta—. Pero tengo algo que ellos no tienen.

—¿El qué?

—Tengo a mi hija. Y nadie toca a mi hija.

El techo de madera crujió violentamente y, con un estruendo, la trampilla de entrada fue arrancada. Un haz de luz cegador inundó el sótano, seguido por una granada de humo que rodó por el suelo.

—¡Abajo! —gritó Lily.

Nos tiramos al suelo mientras el humo gris y acre llenaba el espacio. Tosí, cubriéndome la boca con la manga.

Dos figuras descendieron al sótano con máscaras de gas y rifles de asalto. Se movían con la precisión de máquinas.

—Sujeto 1. Entrégate y la muerte de la civil será rápida —dijo una voz distorsionada por la máscara.

Lily disparó.

El estruendo fue brutal en el espacio cerrado. Uno de los hombres gruñó y se llevó la mano al hombro, retrocediendo. El otro abrió fuego, pero Lily ya había rodado detrás de la mesa de metal, arrastrándome con ella. Las balas repiquetearon contra el equipo electrónico, haciendo saltar chispas.

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