Era su mirada tranquila, verdadera. Ella le hablaba y él sonreía con esa misma calidez con la que alguna vez la miró a ella. Llevaba un niño de la mano, su hijo, su familia. Daniela se escondió tras una vitrina de ropa. Nadie la reconoció. No era nadie ahora, solo una sombra en la vida de un hombre que, pese a todo, había logrado ser feliz. Y en ese momento lo sintió el nudo en la garganta. El ardor en los ojos, el vacío en el pecho, el arrepentimiento.
Pero ya era demasiado tarde. El hombre al que trató como basura, ahora caminaba como rey, libre, amado, pleno. Y ella atrapada entre diamantes que ya no brillaban y recuerdos que jamás volverían.
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