Una lágrima rodó por la mejilla de James. “Ella me esperó…”
Sophie apretó su mano. “Abuelo, eso significa que ella nunca dejó de importarle.”
Él soltó un suspiro tembloroso. “Han pasado sesenta años. ¿Crees… crees que todavía podría estar viva?”
La mente de Sophie ya estaba girando. “Tenemos que averiguarlo.”
Los días siguientes fueron una carrera. Sophie investigó en internet, consultó archivos de la ciudad, grupos en redes sociales y a cualquiera que pudiera haber conocido a Eleanor. El proceso fue lento, pero se negó a rendirse.
Hasta que una noche, encontró una pista.
“Abuelo,” dijo, casi sin contener la emoción, “hay una Eleanor Carter viviendo en un hogar de ancianos, a solo dos ciudades de aquí.”
James se enderezó, sin aliento. “¿Podría ser… ella?”
“Solo hay una manera de saberlo.”
Dos días después, Sophie y James llegaron al hogar de ancianos. El aire estaba cargado de expectativa. Una enfermera amable los condujo por un pasillo silencioso hasta una habitación soleada, donde una anciana contemplaba el paisaje por la ventana.
Sophie vio al abuelo vacilar, sus frágiles manos apretando las ruedas de la silla de ruedas. Ella se arrodilló a su lado. “¿Estás listo?”
James respiró hondo y asintió.
La enfermera se acercó. “Eleanor, tienes visitas.”
La mujer se giró lentamente, sus ojos grises recorriendo la habitación. En el momento en que vio a James, se paralizó.
“¿James?” susurró.
Sus labios se entreabrieron, pero no salió ninguna palabra. Luego, con un leve movimiento de cabeza, él respondió: “Soy yo, Ellie.”
Lágrimas brotaron en sus ojos mientras se llevaba la mano al pecho. “Encontraste mi carta.”
James extendió la mano, y ella la sostuvo sin dudar. “Nunca había leído ese libro… hasta ahora. No sabía…”
Eleanor sonrió entre lágrimas. “Y ahora sabes.”
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