Carmen tomó el guante. Sus dedos recorrieron la goma fría. Lloraba, pero sonreía con una luz que eclipsaba al sol poniente. “Acepto”, dijo ella con voz firme. “Acepto al hombre que sabe pedir perdón de rodillas. Acepto al Padre que aprendió a amar. y acepto al loco que guarda basura como tesoro. Alejandro se levantó y la besó. Fue un beso profundo, lento, sellando un pacto entre dos mundos que colisionaron para crear uno nuevo, más fuerte, más real. Desde la ventana de la cocina, tres caras miraban, la abuela, Leo y Mateo.
Se están besando, exclamó Mateo con una mueca de asco infantil. Ya era hora”, dijo Leo sonriendo, limpiándose la harina de las manos. “Ahora sí somos una familia de verdad. Siempre lo fuimos, mijo”, dijo la abuela, dándoles un coscorrón cariñoso a cada uno. Solo que a los adultos les toma más tiempo darse cuenta de lo que tienen enfrente. Epílogo final. La cámara se aleja lentamente de la pareja besándose en el jardín. sube por las paredes cubiertas de flores, pasa por encima del tejado de la mansión y se eleva hacia el cielo estrellado.
La casa, que al principio de la historia era un monumento frío a la vanidad, ahora brilla con luz cálida desde todas sus ventanas se escuchan risas, música de radio vieja y el ladrido de un perro nuevo que acaban de adoptar. En la pantalla negra, antes de los créditos, aparece una frase simple: “La sangre te hace pariente, pero la lealtad te hace familia.
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