MILLONARIO DISFRAZADO LE NIEGAN LA TARJETA — ¡HASTA QUE LA LIMPIADORA NEGRA HIZO LO IMPENSABLE!
Eljueves por la tarde, el supermercado hervía como una olla a presión. Carritos chocando, niños pidiendo golosinas, el pitido constante del lector en cada caja y ese murmullo que solo existe en los lugares donde la gente se apura porque siente que el tiempo le cuesta dinero. Era un día cualquiera, de esos que no se recuerdan… hasta que en la caja número tres ocurrió algo que partió el ambiente en dos.
El hombre tenía sesenta y cuatro años, y se notaba en su forma de respirar, en la postura encorvada y en la paciencia cansada con la que esperaba. Vestía ropa vieja, una camisa gastada con el cuello doblado, pantalones descoloridos y zapatos que habían visto demasiadas lluvias. Llevaba el pelo gris desordenado, como si se lo hubiera peinado con las manos, y en su rostro se mezclaba dignidad y vergüenza, esa sensación que surge cuando uno no quiere molestar a nadie, pero tampoco quiere desaparecer.
En su carrito había compras por más de quinientos pesos mexicanos: arroz, frijoles, carne, productos de limpieza, algunos medicamentos. No eran caprichos; eran cosas que sostenían una semana, quizá un mes si se administraban con cuidado. Cosas que pesan más cuando se pagan con esfuerzo.
La cajera, Amanda, pasó los productos uno a uno. Al llegar al total, el hombre sacó una tarjeta plateada con manos temblorosas y la entregó como quien confía en algo que siempre ha respondido.
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